Centenario del fin de la Gran Guerra (III)
[Continuamos, tal y como habíamos prometido, las reflexiones que habíamos iniciado en un artículo anterior con motivo del centenario que conmemora el fin de la Primera Guerra Mundial]
Ver la segunda parte de este trabajo
6.- El coloso titánico comienza a desmoronarse y hundirse.
La Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, marca el ocaso de una civilización titánica y prometeica, sumida en la ignorancia o ceguera espiritual, la avidya o “no-visión” que, de acuerdo a la Sabiduría oriental, se encuentra en el origen o la causa de todos los males, vicios, desmanes y sufrimientos que puedan afligir a los seres humanos. Se trata de un mundo en el que se ha extendido como una grave dolencia, cual si de una metástasis cancerígena se tratara, lo que los textos sagrados de la India llaman “el pecado de la ignorancia”. He aquí el fruto de un largo proceso de decadencia espiritual, intelectual y moral: una civilización y una sociedad incapaces de ver su propia miseria, su propia anormalidad e inanidad, su propio desvarío, su propia inmoralidad y podredumbre.
Recordemos, para quienes no estén muy habituados a tal terminología, que los adjetivos “titánico” y “prometeico”, derivados de la antigua mitología griega, hacen referencia a una actitud de rebeldía contra el Cielo, contra lo Divino, y por tanto contra el Orden. Rebelión o insubordinación que se halla representada en los Gigantes o Titanes que luchan en los orígenes contra los Dioses del Olimpo y, posteriormente, aparece personificada en figuras como Prometeo (hijo de Japeto, uno de los Titanes), Ixión (despiadado asesino, equiparable al Caín bíblico), Tántalo o Sísifo, que desobedecen todos ellos los mandatos y órdenes de Zeus, al Padre de los Dioses. De ahí que los calificativos de “titánico”, “prometeico”, “ixiónico” y “tantálico” se usen como sinónimos para expresar la irresistible tendencia al caos y al desorden.
A los rasgos generales de lo titánico el adjetivo “ixiónico” añade el significado de la inclinación cainita, la tendencia a matar, asesinar y masacrar. Algo que se pone de manifiesto en las guerras y revoluciones, con su oleada de crímenes y atroces matanzas. En una línea similar se halla el término “tifónico”, derivado de Tifón, ser monstruoso que encontramos tanto en la mitología griega como en la egipcia. En el mito helénico Tifón es un titán o gigante que pretende destronar a Zeus, el Padre de los Dioses, Rey y Señor del Olimpo, pero que acabó siendo derrotado por Zeus, quien lo sepultó bajo el Etna. Tifón, que exhalaba fuego y un aire tan venenoso como violento, sería asimismo el procreador de una serie de creaturas monstruosas, como la Quimera, el Can Cerbero y la Esfinge, en lo que podemos ver una alusión alegórica a las múltiples aberraciones o monstruosidades generadas por la inclinación y actitud titánicas.
Tifón es además uno de los nombres de Set, el ser maligno que en el antiguo Egipto encarna las fuerzas del caos y la oscuridad, enemigo mortal de Osiris y Horus, que simbolizan la fuerza del principio solar, regio y luminoso. El vocablo “tifón” (Taifun en alemán, typhoon en inglés) contiene, por otra parte, el significado de un viento huracanado, una tempestad ciclónica, una violenta tromba o tormenta de aire, como la que suele levantarse en el desierto, sepultándolo todo bajo un cegador vendaval de arena. Dicho vendaval tifónico, arrollador y desertizador, era visto en el Egipto faraónico como un símbolo del poder demoniaco de Set, cuyo soplo destructivo amenaza con arrasar la existencia humana, sepultando cualquier rastro de civilización, de cultura y de vida espiritual. Se podrían usar, por tanto, como equivalentes de “tifónico” los adjetivos “sético” o “setiano”, que a su vez vienen a ser sinónimos de “satánico”. He aquí, pues, un término que nos ayuda a entender mejor la profunda significación, el contenido y los efectos del titanismo.
Con respecto al calificativo “fáustico”, que hemos utilizado con frecuencia, aunque no son exactamente lo mismo, puede prácticamente equipararse a los antes utilizados de origen griego “prometeico” y “titánico”. La mente fáustica, en efecto, viene a funcionar con arreglo a parámetros muy semejantes, sino idénticos, a los de la mente titánica. Aclaremos que el término “fáustico” hace referencia al mito de Fausto, quien impulsado por su afán de poder y su insaciable curiosidad, por el ansia de saberlo y poseerlo todo, por el deseo de satisfacer todos sus instintos y conquistar todo lo que se ofrezca a su mirada, en suma por la irresistible inclinación a conquistar y dominar el mundo, llega a establecer un pacto con el diablo, con Mefistófeles. Ya Oswald Spengler usó el calificativo “fáustico” para definir la orientación fundamental del Occidente moderno, caracterizado por su tendencia a la expansión y el dominio del planeta mediante su poderío técnico, rasgo típicamente rajásico.
Los Titanes del mito griego se corresponden, en el mito judeocristiano, con “los ángeles rebeldes” que, guiados por Lucifer, se niegan a obedecer y someterse a Dios, y también con los Asuras de la mitología indoaria, los enemigos de los Devas o Dioses. Los adjetivos “titánico”, “asúrico” y “luciferino” vienen a ser, por tanto, equivalentes de “antidivino”, caracterizando a una sociedad y una civilización que conspiran y se rebelan contra la Realidad trascendente, suprema y eterna, pretendiendo poner todo a su servicio, al servicio de su ambición, de su opinión particular y de su capricho antojadizo.
Dicha rebelión titánica, tifónica, luciférica o asúrica, que tiene un evidente contenido nihilista, entraña no sólo una conjura contra lo divino, contra lo espiritual y trascendente, sino también, por la misma naturaleza de las cosas, contra lo humano y lo natural. Tratándose de una rebelión contra el Orden, no podía sino desembocar en una rebeldía subversiva y destructiva que va dirigida no sólo contra el Hombre (o contra la Humanidad), sino también contra la Creación entera, contra la Naturaleza en su integridad. Rebeldía, en suma, contra lo real, contra el orden del ser, contra la realidad en toda su riqueza y su pluralidad de dimensiones, niveles, aspectos, matices y valores. Una realidad que es mucho más rica de lo que concibe la filosofía racionalista, positivista, cientifista y progresista heredada de la Ilustración y que no puede reducirse, como piensa la mentalidad profana, mezquina, superficial, obtusa y reduccionista del hombre-masa moderno, a lo material, a lo horizontal y efímero, a lo racional y empírico, a lo medible y controlable, a lo psíquico y mental, a lo sentimental y emotivo.
Históricamente los comienzos de la insubordinación titánica o prometeica pueden situarse en la crisis de la Baja Edad Media, y más concretamente en el siglo XIII, en el reinado de Felipe IV de Francia, conocido como “Felipe el Hermoso” (Philippe le Bel), un rey tirano y déspota que pretende hacer de la monarquía un poder absoluto, con una soberanía total e independiente en su ámbito nacional, y abre con sus métodos brutales caminos de ignominia en Europa. Entre otras maniobras subversivas, hay que destacar su violenta ofensiva contra la Iglesia y contra el Temple, la Orden templaria. En el infame monarca francés han visto muchos nacionalistas, y no sólo franceses (véase, por ejemplo, el caso del fascismo italiano), el precursor de lo que siglos más tarde será el nacionalismo de tinte centralista, absorbente o totalitario.
Tal ola de rebeldía antitradicional se continúa en el Renacimiento, con su humanismo individualista y su veneración de lo terrenal y mundano, teniendo un capítulo importante y muy significativo en la revolución religiosa, seudorreligiosa o antirreligiosa, de Enrique VIII de Inglaterra, un auténtico déspota y tirano, que, por satisfacer su capricho, su santa y regia voluntad (no tan santa), rompe con la Iglesia católica, inicia una cruel persecución y se apodera de los bienes eclesiásticos (de forma parecida a como ya hiciera Felipe el Hermoso). De nuevo el intento de erigir una monarquía nacional y absolutista, esta vez llegando hasta crear su propia iglesia nacional independiente, la iglesia anglicana. Un claro ejemplo de individualismo coronado. Todo un violento y brutal estallido del Unwille, la involuntad o involencia titánica, tiránica y egocéntrica que antes hemos analizado; esa voluntad negativa que considera que lo puede todo, porque tiene el poder, y puede apoderarse de lo que se le antoje, cambiando la realidad a su gusto.
En el campo filosófico, vemos cómo desde los últimos tiempos medievales y sobre todo desde el Renacimiento, se van difundiendo y ganando terreno por todo el Continente el nominalismo, el empirismo, el racionalismo, el sensualismo, el relativismo, el subjetivismo, el escepticismo, el materialismo y en general una visión del mundo y de la vida que va prescindiendo cada vez más de la dimensión o perspectiva sagrada, asumiendo una función crítica e incluso de total rechazo frente a la religión, así como frente a la moral tradicional. Son las tendencias representadas por pensadores como Occam, Bacon, Hume, Hobbes, Newton, Descartes, Locke, Spinoza, Maquiavelo, Montaigne, Gassendi o Bodin. Otra tendencia que conviene destacar, y que tendrá hondas repercusiones en la formación de la mentalidad moderna y de las ideologías que surgen de ella, es el mecanicismo, que tiende a ver la vida como un mecanismo, que funciona con resortes mecánicos como si fuera una máquina, e interpreta que los seres vivos, las realidades orgánicas, son semejantes a una construcción mecánica, inorgánica e inanimada.
La mentalidad mecanicista, que se vio alentada por el avance en las técnicas mecánicas y posteriormente aún más con la revolución industrial, dio lugar a la aberrante teoría cartesiana de “los animales-máquina”, la cual sostenía que estando los animales constituidos como máquinas no pueden sentir ni sufrir. En el siglo XVIII el filosofo francés La Mettrie, acentuando esta idea, la proyectará al ser humano en su libro L’Homme Machine (“El Hombre máquina”), dentro de un enfoque totalmente materialista, sosteniendo que el espíritu no es más que un producto del funcionamiento del mecanismo corporal y que todas las religiones son falsas. Desde tal perspectiva el hombre es concebido como una máquina inteligente, muy perfeccionada y compleja, la máquina más perfecta que quepa imaginar.
Esta mentalidad mecanicista, aun cuando no siempre se exprese en términos tan burdos, ejercerá un fuerte impacto en el industrialismo, el economicismo y el democratismo de los siglos posteriores, cuya influencia en el desencadenamiento de la Gran Guerra ya hemos analizado. La concepción mecanicista, inorgánica, se reflejará en múltiples aspectos que perduran hasta nuestros días: desde la visión de la sociedad como algo inorgánico, sin raíces y sin tradición, el producto de un conjunto de relaciones o conexiones fortuitas (un contrato, un engranaje colectivo o un montaje mecánico realizado con cierto éxito técnico), a la consideración del ser humano como una cosa, una mercancía, una simple pieza del engranaje colectivo, un átomo aislado mecánicamente manipulable o un mero ente cuantitativo, un número dentro de una masa informe.
La puerta queda así abierta para la reificación del hombre; es decir, para que los seres humanos funcionen como autómatas o zombis y se conviertan en esclavos al servicio de la máquina, de la tecnología, del tinglado económico y productivo, de los sistemas ideológicos, de los complejos aparatos, mecanismo y sistemas creados por la ciencia moderna (ya se trate de los mecanismos para la producción, el consumo, la información –más bien desinformación–, la formación –o deformación– de la mente, o el ocio y la diversión). Y la sociedad queda reducida a una maquinaria sin alma que funciona, en teoría al servicio del hombre, con arreglo a unos precisos mecanismos artificiales, racional y científicamente establecidos (técnicos, jurídicos, económicos, administrativos, etc.), para controlar todos los aspectos de la vida y asegurar que todo marcha adecuadamente.
Dicha insurrección o rebelión prometeica llegará siglos más tarde a su cima con la Ilustración, el tan ensalzado “Siglo de las Luces”, “la Era de la Razón”. Siglo de gran desarrollo de las ciencias y las técnicas aplicadas a la mejora de las condiciones de vida, en el cual nos encontramos con el llamado “Despotismo ilustrado”, el despotismo o tiranismo racionalista, intento democratizante pero antidemocrático o antidemótico –burda y despóticamente elitista, por su desprecio del pueblo, de la voluntad popular y de las costumbres, inquietudes y creencias populares–, con su lema “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Una corriente ideológica que pretendió acabar con la influencia de la religión en la vida social (“el fanatismo, la superstición y el oscurantismo”, según su lenguaje), y que tuvo ejemplos de brutal tiranía e inaudita crueldad, como en el caso del tristemente célebre Marqués de Pombal, el déspota de Portugal en el siglo XVIII. La fe ciega en la razón, el culto supersticioso y oscurantista a la razón (a la que se llegaron a erigir altares en París), a esa luz sin Luz de lo puramente racional, acaba generando monstruosas pesadillas y hechos horripilantes que parecen difíciles de creer dada su monstruosidad.
El llamado “Siglo de las Luces” fue en realidad el siglo de las sombras, la centuria o era de las oscuridades y las tinieblas (the century of darkness). Siglo que difundió unas luces aparentemente muy luminosas, esclarecedoras y liberadoras, pero engañosas, deslumbrantes, ofuscadoras, cegadoras y esclavizadoras; fue el siglo de la penumbra y la opacidad racionalistas. Esa Aufklärung que se consideraba tan iluminada y esclarecida y que condenó a la Edad Media tachándola de “Edad oscura”, al distanciarse del Templo cerró sus ojos a la Luz que irradiaba la tradición sagrada, cayendo así en lamentables errores. Adoptó una ciega actitud antifánica (antitemplo), antifanática (anti-entusiasmo, anti-mística, anti-esoterismo, anti-inspiración) y antifanárica (antifaro o antiluz), alejándose del faro de la Sabiduría, con lo cual no hizo sino difundir una espesa oscuridad en las mentes, acentuada por un fanatismo antiespiritual, muy típico del titanismo absolutista y turbiamente inspirado por el Ungeist. [Sobre los neologismos “fanárico” y “antifanárico” que acabo de emplear, los tomo del griego fanari = lámpara, faro, antorcha, linterna, punto luminoso; fanaria = semáforo; fanerós = claro, evidente.]
Si hay algo que distingue a la Ilustración, al Iluminismo, es su miopía o ceguera, su falta de luz y de visión. La ideología ilustrada o iluminista, con sus secuelas y con las reacciones erróneas que provocó, ha dado a luz un mundo sin luz, un mundo a oscuras, un mundo pobre de luces (esas luces que orientan y también esas otras luces que, en el lenguaje coloquial identificamos con la inteligencia, como cuando decimos por ejemplo “es un individuo de pocas luces”); un mundo en el que hay que andar a tientas sin ver con claridad por dónde ni hacia dónde se va y tropezando a cada paso. Con sus arbitrarias manipulaciones la mente titánica, asúrica o prometeica, en su doble vertiente racionalista e irracionalista (voluntarista, sentimentalista o emotivista), ha suprimido la luz roja que señalaba los limites que no se podían traspasar y advertía de los peligros y amenazas que se cernían sobre la vida humana, al mismo tiempo que ha apagado la luz verde que alienta la esperanza, da paso a todo lo bueno y muestra la senda por la que hay que avanzar, la senda de la paz, de la sana vitalidad y la verdadera salud, haciendo posible ese verdor vital y espiritual del que hablaba Hildegarda de Bingen.
De la breve muestra que acabamos de exponer se deduce que al titanismo o tantalismo es inherente una congénita inclinación a la violencia, a la tiranía, al atropello, a la opresión, al absolutismo y al despotismo. No podía ser de otro modo, siendo la mentalidad titánica una expresión del Ungeist o Antiespíritu, el cual, según apuntábamos con anterioridad, tiende a tiranizar incluso la propia existencia, lo que quiere decir que busca de forma obsesiva oprimirla, manipularla y deformarla, Enlazando con lo que hemos explicado acerca de Set o Tifón, la fuerza antihumana y anticósmica del antiguo Egipto, siempre amenazante desde la oscuridad y el desierto, es interesante mencionar que algunos autores sostienen que el nombre Set significa “lo que tiraniza, obliga y constriñe por la fuerza” (that which tyrannises and constrains by force).
Lo titánico va inseparablemente unido a lo tiránico. El inevitable resultado del titanismo egolátrico, endiosador del ego humano (más bien habría que decir del ego inhumano), es siempre la tiranía. Las ideologías, teorías y movimientos que enarbolan la bandera prometeica prometiendo la liberación de los seres humanos, de los pueblos y las naciones, no hacen sino abrir el camino que conduce a la opresión. Opresión en vez de liberación: una opresión que condena a los individuos y a las sociedades a un sufrimiento tantálico, un malestar incurable y que no tiene fin, una tortura semejante a las de Tántalo y Sísifo en el mito griego.
La inclinación titánica se traduce inevitablemente en tiranía. Vivir titanizado significa vivir tiranizado: ejercer una violenta tiranía no sólo sobre el prójimo, sino también sobre uno mismo. La actitud titánica o prometeica, al rebelarse contra el Espíritu, que es la fuerza liberadora por excelencia, lleva consigo un tiranizar la propia vida, algo mucho más frecuente de lo que solemos pensar, haciendo imposible en ella la necesaria holgura vital, una sana articulación del vivir cotidiano, con la consiguiente pérdida de la normalidad, la salud, la dignidad, la libertad y la felicidad. Lo cual no puede dejar de proyectarse sobre el entorno, sobre la realidad circundante, sobre el medio social, humano y natural. El titanismo es lo más opuesto al auténtico humanismo, esto es, al cultivo, respeto y desarrollo integral de la persona humana.
Ya el historiador francés Fustel de Coulanges había mostrado que, en la antigua Grecia, lo que definía esencialmente a la tiranía, distinguiéndola de otras formas de gobierno, era la instauración de un poder que ya no está vinculado al culto y los ritos sagrados. El tirano prescinde de la fundamentación sacral, algo que las culturas tradicionales consideran esencial, pues su poder se asienta en su propia genialidad, ambición o habilidad personal, y en el démos, en la masa popular, que el tirano adula y seduce mediante la demagogia, así como haciéndole toda clase de dádivas materiales (el famoso “pan y circo”: alimentos, subvenciones, diversiones, etc.), que le mantienen contento y satisfecho. La tiranía es, por tanto, un poder sin culto, un gobierno profano e irreverente, un mando que prescinde de los dioses (la influencia de lo alto) y se ejerce sin una previa ni posterior consagración; en suma, un poder titánico o prometeico.
En el siglo XX comprobamos que las ideologías y las corrientes de inspiración titánica, prometeica, tantálica o asúrica, han instaurado ese poder sin culto, o peor aún ateo y antirreligioso, que se apoya en la dictadura o tiranía de la masa, de la plebe, conduciendo en la mayor parte de los casos a la oclocracia, el gobierno de los peores. Y hemos comprobado asimismo hasta la saciedad que ese poder carente de fundamentación sagrada es un sistema inevitablemente corrupto y corruptor en sus mismas entrañas, en el cual se da esa corrupción recíproca de la que hablaba Wilfredo Pareto: los dirigentes corrompen a los dirigidos, para así dominarlos mejor, los cuales a su vez estimulan la corrupción de los dirigentes, tolerándoles o incluso aplaudiéndoles toda clase de vicios y corruptelas, en un incorregible círculo vicioso. Y no puede desconocerse, ya que hablamos de la terrible Guerra del 14, que a los dirigentes corrompidos y corruptores les importa bien poco desencadenar una gigantesca catástrofe bélica y enviar al matadero a cientos de miles o millones de seres humanos, esas míseras creaturas que ellos tratan como si fueran cosas y corrompen con sus malas artes, sus nefandas ideas y actitudes.
En esa dinámica corruptora, tan usual en la modernidad, desempeña un papel decisivo la tiranía de la mentira, que las ideologías y los sistemas políticos modernos imponen gracias al tremendo poder de la propaganda. Pocos poderes tan corruptos y corruptores como el de la mentira. La mentira, la falsedad y el engaño lo corrompen todo. Y pocas palancas tan eficaces en la tarea de extender la corrupción y la mentira como la propaganda. La propaganda tiene tal fuerza, es tan eficaz y penetrante su labor persuasiva, que sus mentiras acaban creyéndolas incluso quienes las han forjado, quienes manejan y controlan los resortes del engranaje propagandístico. Es una de las llamativas debilidades, incoherencias o paradojas de la mente titánica. No cabe duda de que el amor y la inclinación a la mentira, unido lógicamente al desprecio de la verdad, cuando no al odio y la aversión a esa misma verdad, constituye un rasgo típico del titanismo.
La tiranía de la mentira se presenta hoy como uno de los elementos característicos del mundo actual, el mundo surgido de las dos guerras mundiales. Con razón se ha calificado al siglo XX como “el siglo de la mentira” (das Jahrhundert der Lüge, como reza el título del excelente libro del alemán Hugo Wellens). Y ya sabemos que, como enseña el mismo Cristo, la verdad nos hace libres, de la misma forma que la mentira nos hace esclavos. No hay fuerza más esclavizadora, opresiva, tiránica y enemiga de la libertad que la mentira, lo cual va ligado a su influencia corruptora. Esta tiranía de la mentira, signo de los tiempos que vivimos, se pone en evidencia, sin ir más lejos, en la interpretación no sólo de la Guerra del 14, sino de la Guerra Mundial en bloque (con sus dos capítulos sucesivos e íntimamente conectados), que hoy se nos ofrece, o mejor se nos impone, como una verdad indiscutible, como un dogma histórico que no admite disensión ni discrepancia.
Una sociedad titanizada o tifonizada es una sociedad pseudófila y aletheiofóbica (en griego pséudos = mentira, falso; aletheia = verdad); es decir, que en ella resultan dominantes la mentirofilia y la veritofobia. Siente una irresistible fobia a la verdad, que tiende a deformar y ocultar. Y al mismo tiempo una filia, afición o atracción fatal por la mentira. Lo falso (pséudos) se entroniza y reverencia con una fe y un entusiasmo dignos de mejor causa. Dentro de tal sociedad se erigen incesantemente monumentos, tronos y altares a la seudosofía (la falsa sabiduría) y la seudodoxia (la opinión falsa, errónea y mendaz). El aire está invadido y dominado por seudoideas, seudovalores, seudoverdades y seudoprincipios. Se vive así en una seudorrealidad, magnífica, brillante y esplendorosa (en apariencia). En ese tipo de sociedad lideran, mandan y guían las conciencias los seudodidáctalos (los falsos maestros y los falsos doctores, con títulos pero sin ciencia, o con títulos falsos y sin valor), los seudégoros (embusteros), los seudólogos (impostores), los seudorcos (perjuros), los seudologistas (malrazonadores, los que razonan mal) y los seudoplastas (artistas de falsedades y trampantojos). Todos los cuales ayudan a envilecer, encanallar, entontecer y fanatizar a las masas.
Hay que hacer notar, por otra parte, que el titanismo, al que Peter Wust llama “tantalismo” y que podríamos llamar también “tifonismo”, lleva consigo, como ya hemos indicado, un fanatismo y un radicalismo extremos, proclives a toda clase de violencias y excesos. Convencidos como están, tanto los líderes titánicos como las masas titanizadas y tiranizadas, de ser los portadores de una fe pseudorreligiosa, definitiva y supremamente liberadora, la más avanzada e ilustrada que se pueda imaginar, no se detendrán ante nada. Su fanatismo titánico y tiránico les llevará a fomentar, desencadenar, justificar y aplaudir las peores atrocidades, echando la culpa o haciendo responsables de las mismas a sus enemigos, que en la mayoría de los casos serán sus víctimas.
De la cólera titánica o tifónica de las masas fanatizadas, ideologizadas, guiadas por los demagogos y educadas en un atroz sectarismo podrá arrancar en cualquier momento un violento huracán de pasiones que, semejante a un tifón, un tornado o una tormenta del desierto, irá arrollándolo todo y derramará riadas de sangre, acompañadas de estallidos de crueldad difícilmente imaginables para una mente normal. Es lo que pudo comprobarse, al igual que en la revolución comunista rusa y en otras muchas revoluciones de diferentes países, en la España de los años 30, con los estragos sangrientos que produjo la revolución roja: crímenes, violaciones, checas (con indecibles y sádicas torturas), asesinato de personas inocentes, cruel persecución religiosa, saqueo y quema de iglesias, destrucción de obras de arte, lucha a muerte incluso entre los distintos bandos revolucionarios de distinta orientación ideológica. Un furor ixiónico y cainita al que toda crueldad parece insuficiente.
Como apunta Gabriel Marcel, las masas son fácilmente fanatizables. Son propensas al fanatismo y acogen con fruición cualquier propuesta fanática y el más leve estímulo a la fanatización que se les ofrezca o les aguijonee, por muy absurdo que sea tal estímulo, señuelo o aguijón. Pero las masas son también indiferentes, apáticas y pasivas ante la mentira. Más aún son tremendamente receptivas para cualquier falsedad, embuste o engaño que se les ofrezca como alimento, como pienso nutricio (pienso para deformar la mente, para no pensar o para pensar contrariamente a como se debe pensar). No sólo no les importa que se les engañe y mienta, sino que en la mayoría de las ocasiones, sobre todo cuando están en juego concepciones ideológicas o fuertes pasiones, prefieren la mentira a la verdad. Les encanta chapotear en el lodazal de la mentira. Gustan de ser manipuladas, trampeadas, hipnotizadas, engañadas y vilmente estafadas o timadas. Sienten una especial predilección por las teorías y los esquemas inventados, por los espejismos ilusorios, por los trampantojos y señuelos propagandísticos, anteponiendo esos falsos enfoques a la visión clara, serena y objetiva de la realidad.
Pero la mentira es la antesala de la esclavitud, la herramienta que forja las cadenas de la servidumbre y el sometimiento servil. Es el instrumento predilecto da la tiranía, como ya hemos apuntado. Despotismo y servilismo son las dos caras, el anverso y el reverso, de la mendacidad. Por eso las masas, dada su inveterada inclinación al fanatismo y su propensión a aceptar y abrazar la mentira, se convierten automática e inevitablemente en esclavas. Viven en perpetua servidumbre, sometidas a los demagogos, los chovinistas fanáticos, los dementes ideologizados, los poderes fácticos y las fuerzas anónimas dominantes en la sociedad moderna, que las conducen a su antojo de forma tan vil y traidora como astuta y artera. Esos poderes, fuerzas e influencias, ocultos o bien visibles, movidos siempre por oscuros intereses, hacen todo lo posible para fomentar, afianzar y estimular la ignorancia, la superficialidad, la banalidad, la idiocia, la necedad y la estupidez de la masa, sabiendo que ahí radica la clave secreta de su tiranía, pues así se la puede convencer fácilmente de que es más libre cuanto más esclava. De ahí que desencadenen auténticas campañas masivas de atontamiento, idiotización y cretinización de la población.
La titanización viene a suponer una tetanización de la vida humana y, en especial, de las sociedades, los grupos y los organismos colectivos. Las masas tiranizadas y titanizadas, además de cretinizadas y fanatizadas, son tetanizadas: se les ha inoculado el tétanos de la falsedad y la mentira, de la rigidez y la cerrazón mentales, de la tendencia a la agresión y la violencia, del sectarismo impío, de la ignorancia y la ceguera irreverentes, de un intolerable e intolerante partidismo, del odio contra aquellos que han sido declarados enemigos. Se trata de un tétanos, un cólera, un tifus, un pasmo, una peste, una septicemia o una fiebre álgida (fiebre héctica o hética, que no ética, pues es radicalmente antiética) que invade y se apodera por entero de la mente, consistente en una creencia supersticiosa, alienante y espiritualmente paralizante: creer que se está en posesión de la verdad, cuando la Verdad queda completamente arrinconada, despreciada, vilipendiada y escarnecida, incluso proscrita y sepultada.
Y, en relación con lo que hemos dicho sobre la idiotización masiva a la que conduce la tiranía titánica o asúrica, hay que añadir que esta contaminación anímica, esta lamentable tetanización del alma acaba traduciéndose, por obra y gracia del poderoso aparato propagandístico, en tontización, zonzización o zombización. Los seres humanos quedan convertidos en zombis que obedecen y siguen ciegamente, de forma tan sumisa como necia y atolondrada, las consignas, órdenes y directrices de sus amos. Esos amos liberadores que se consideran los redentores del género humano, los indiscutibles e indispensables constructores de un mundo mejor.
No queda sino señalar que el potente desarrollo de la maquinaria propagandística, que tan letales efectos tendrá en el desencadenamiento de las dos guerras mundiales, así como en los horrendos episodios de crueldad e inhumanidad que proliferarán a lo largo de su desarrollo y en su misma finalización, es un resultado del progreso de la técnica moderna y la creciente tecnificación que el industrialismo introduce en la vida de los pueblos de Europa y América. Si Gabriel Marcel resaltaba la importancia de las “técnicas de envilecimiento” en la configuración del ambiente inhumano dominante en los conflictos políticos y bélicos del siglo XX, habría que añadir a tal diagnóstico el decisivo papel desempañado por las “técnicas de entontecimiento”.
Así se explica –por semejante tetanización, contaminación o envenenamiento del alma– el entusiasmo con el que pueblos que se suponía cultos y civilizados se lanzan a la guerra a la que van a enviarles sus ideologizados, irresponsables y manipuladores dirigentes. Ese entusiasmo, sin ir más lejos, que estalló por doquier en Europa al conocerse la noticia de la declaración de guerra. Sólo en unas mentes contaminadas por el tétanos mortal de la rebeldía titánica podía brotar esa euforia suicida. Sólo en sociedades infectadas por el tétanos sectario de la irracionalidad, la inquina, la fobia y el rencor, puede explicarse la alegría, la exaltación y el frenesí con los que naciones enteras marchan al matadero y la carnicería que han sido alimentados, planificados y organizados de forma tan demoníaca por sus dirigentes. Únicamente bajo ese impacto tiránico, titánico y tetánico, profundamente envilecedor y deshumanizador, era posible que grandes masas de seres humanos se entregaran, como si de un horizonte gozoso de tratara, a la siniestra tarea en perspectiva no sólo de matar, asesinar, destruir, torturar, violar y masacrar, sino también de dejarse matar y masacrar.
El titanismo o tifonismo viene a ser, según apuntábamos, como un tifus del alma o la mente. Una grave dolencia, sumamente contagiosa y pestilente, causada por el toxico viento tifónico. Y ese tifus exhala un tufo hediondo, un tufo infernal, que se contagia a todo lo que engendra y a todo cuanto toca. Un tufo moral y estético, o más bien amoral, antimoral y antiestético, que las masas olfatean y respiran con agrado, teniéndolo por un grato aroma. Es un tufo intenso, tan penetrante, tan desagradable y repulsivo, que más que tufo es tufón. El soplo tifónico, al ira pasando con su aliento desertizador por los distintos ámbitos de la cultura y la vida social, va dejando un rastro nauseabundo que lo impregna todo y tiene efectos letales. Como se diría en catalán tufeja tot (lo atufa todo), tot reman tufejat (todo queda atufado). El tifonismo desemboca así en tufonismo.
Lo tifónico es tufónico: exhala emanaciones y gases mefíticos, hedores pestilentes que intoxican y envenenan las almas, efluvios de podredumbre que enturbian la visión de la realidad. El tufo tifónico es una hedionda emanación que viene de los bajos fondos del alma, de la oscura y fétida sentina del psiquismo donde se acumulan las inmundicias mentales, de las cloacas anímicas donde se incuban y anidan las tendencias parasitarias, aquellas tendencias malsanas que parasitan el alma y la descomponen, estragan y pudren por completo. Es ahí en esos fondos tifónicos y tufónicos donde se prepara el camino para la dictadura o tiranía de la hez social (o mejor antisocial), los déspotas inmisericordes y demagogos, los individuos-masa ávidos de poder y con obscenas aspiraciones; una tiranía catagógica y oclocrática que tan perversas consecuencias acarrea siempre.
La podrida alma tifónica lo llena todo de podredumbre y de maloliente miseria moral (amoral o inmoral). Recogiendo las sonoras palabras del gran poeta inglés Alexander Pole, podemos decir que todo cuanto manifiesta, expresa, trama y ofrece el alma tifónica stinks and stings, apesta y escuece, hiede y pica (con un picor o escozor irritante en grado sumo que descompone al sujeto que lo sufre y despierta en él malos impulsos y violentas reacciones). La expansión de la influencia tantálica o tifónica produce un atufamiento general. Nada ni nadie puede escapar a ese influjo atufador, emponzoñante, contaminante y corruptor.
El simple contacto con el soplo de Tifón es como la dolorosa picadura de una pérfida araña, una tarántula o un escorpión, que en este caso, además de inocular su veneno, derrama un pestífero olor que es prueba de su nefando origen y su abisal naturaleza. El veneno y tufo que, como alacrán oculto bajo las dunas del desierto, inocula el aguijón de Set o Tifón asuela y desertiza la existencia, causa una comezón que no hay manera de calmar, ocasiona un sufrimiento inmenso que irrita y despierta odio, deseo de venganza contra lo que sea, afán de destrucción y aniquilación. La picadura tifónica, además de atufar y apestar la vida provoca una desazón que hace que uno esté siempre inquieto y agitado, incapaz de parar hasta que no haya causado gran daño.
Curiosamente, la palabra “tufo”, que significa hedor o mal olor, tiene también en español la acepción de “soberbia, vanidad, engreimiento o entonamiento”, usándose entonces preferentemente en plural: así, por ejemplo, “tener muchos tufos”, “los insoportables tufos de un individuo” o “¡este sujeto tiene unos tufos!” (“los tufos” viene a ser sinónimo de “los humos” o “las ínfulas”). El verbo “atufar” significa “recibir o tomar tufo”, o sea, “ensoberbecerse”. Y “ufanarse”, envanecerse o vanagloriarse, sugiere “tufanarse”. En algunos países de Centroamérica, el adjetivo “tufoso” se utiliza como sinónimo de “soberbio, vanidoso o engreído”. Y no hay que olvidar que la soberbia, la hybris, es precisamente uno de los rasgos más característicos del alma titánica. La soberbia egocéntrica aparece también como el factor decisivo en la rebelión de Lucifer del mito judeocristiano. Ni que decir tiene que el entonamiento del alma vanidosa deviene con facilidad entontamiento.
Por otra parte, “tufo” puede significar también “sospecha de algo que está escondido”. Se huele o intuye que hay algo que se oculta, que no se quiere sacar a la luz, pero que se presiente nefasto y huele muy mal, y por eso precisamente es ocultado, haciendo todo lo posible para que no se conozca. En el caso que nos ocupa, ese tufo de bien fundada sospecha proviene de la inconfesable falsedad en que se asienta la civilización titánica, el engaño básico y fundamental constitutivo del inmundo tifónico. Son, por ejemplo y sin ir más lejos, las trampas y sucias maniobras que están en el origen de la Guerra Mundial. Parafraseando una conocida cita evangélica, podríamos acuñar y retener la siguiente sentencia: “por su tufo los conoceréis”.
¿Cuáles son las formas de manifestarse ese tufo que proviene de la insurrección titánica o tifónica? Entre otras posibles muestras, el tufo de la mentira, el tufo de la bajeza y la infamia, el tufo del dinero, el tufo del capitalismo brutal y soez, el tufo de la obsesión por el beneficio pecuniario, el tufo de la mala conciencia (y la inconsciencia irresponsable y voltiza), el tufo de la corrupción, el tufo de la hipocresía, el tufo de la estupidez, el tufo de la petulancia ignorante, el tufo de las cloacas y las alcantarillas ideológicas, el tufo de las sucias maniobras políticas, el tufo de la politiquería rastrera y vil con su maquiavelismo y oportunismo chaquetero, el tufo de la deslealtad y la traición (la traición en especial a los principios y valores espirituales), el tufo de la ambición y la envidia, el tufo del odio y el rencor, el tufo de las bajas pasiones y los oscuros intereses. El tufo que desprenden la demagogia y los demagogos con su artera manipulación del lenguaje, de las ideas y las emociones. Y por supuesto, el tufo de la propaganda y su manipulación de los hechos.
En la literatura y en el lenguaje coloquial se ha hablado a menudo de “el olor del dinero”. Refiriéndose a esta expresión un psicoanalista húngaro de origen judío (Alexander Ferenc Gábor, si mal no recuerdo, o quizá Sándor Ferenczi), comparaba tal olor del dinero con el olor de los excrementos, de las heces fecales, de la descomposición o fermentación de algo orgánico. Y todo esto no deja de tener relación con el tema que nos ocupa, pues ya hemos visto la influencia que las fuerzas dineristas tuvieron en la Guerra Mundial. El nauseabundo aroma crematístico impregnaba el ambiente prebélico en un mundo entregado al culto de la economía.
Al hacer estas reflexiones vienen a nuestra mente las célebres palabras del Hamlet de Shakespeare: “Algo huele a podrido en Dinamarca” (Something is rotten in the state of Denmark). No algo, sino muchas cosas apestan y huelen a podrido en el inmundo pergeñado por el Ungeist. Podríamos decir que el Ungeist va siempre e inevitablemente acompañado por un fuerte Unduft (anti-fragancia; Duft = perfume, aroma, fragancia). El Antiespíritu introduce una auténtica tufarada o hediondez en todos los planos y niveles de la existencia. El asco es la reacción natural ante tanta depravación y putridez.
Nada más necesario para una sociedad y una cultura, al igual que para cualquier persona que viva en este inmundo tan atufado, que desatufarse, verbo que el Diccionario define como “liberarse del tufo subido a la cabeza”, lo que puede interpretarse asimismo, en un sentido figurado y más amplio, como liberarse del fétido tufo que ha estado contaminando el alma o la mente. Desatufarse significa, en definitiva, destitanizarse, destifonizarse o desasurizarse, lo que es tanto como decir sanar y superar la propia tetanización, zonzización y zombización; o, lo que es lo mismo, retornar a la normalidad y recuperar la dignidad y libertad perdidas. El alma y la vida recuperarán entonces su esplendor, su esencia, su aroma y su fragancia naturales.
En el caso de la Guerra Mundial ese tufo o hedor ocasionado por los vientos huracanados de Tifón resulta dramática y angustiosamente visible en el insoportable olor que emanaba de los campos calcinados, ennegrecidos y contaminados por las bombas y las explosiones, el hedor de los gases mortíferos que envenenaban el aire y que dejaron tantos ciegos y lisiados, los negros efluvios que surgían de las hediondas trincheras, la fetidez de los cadáveres de hombres y animales que se extendían a lo largo y ancho de los campos de batalla (las antes verdes campiñas de Europa). Todo ello mostrando las consecuencias del fanatismo bélico que despertó, encendió y atizó en el Viejo Continente el Antiespíritu titánico o tifónico.
Consistiendo básica y esencialmente la tiranía, como ha quedado dicho, en el abandono o repudio de lo Sagrado, en el rechazo de la Sacralidad, hay que puntualizar que el fanatismo propio de las ideologías titánicas es un fanatismo sin fanum, sin templo, lo que es tanto como decir sin Fas, o sea, entregado al Nefas, al Adharma o Anrita (el Anti-Orden). Hemos de vérnoslas con un fanatismo afánico o desfánico, como no podía menos de ser dado su carácter radicalmente profano y profanador (significando el prefijo latino pro- “fuera de”, en este caso fuera del templo o fanum); o sea, que es un fanatismo carente de ese afán servidor, defensor y protector del templo, del altar, de lo divino y sagrado, que significa etimológicamente la voz “fanático” (amante, entusiasta o incondicional del templo y de todo lo con él relacionado). Y no se trata sólo de la carencia de tal orientación religiosa, piadosa, fánica (fanárica, fanática en el mejor sentido) y fásica (obediente al Fas o Ley divina), sino que hay además una proyección y una actitud diametralmente opuestas a la misma, visceralmente hostil a ella. Es un fanatismo de la impiedad, de la antisacralidad y la antirreligiosidad, del menosprecio del templo o del odio al templo.
Lo titánico, siendo violento y fuertemente fanático, resulta también tanático, heraldo y mensajero de la muerte (thánatos en griego). Por su inclinación violentamente fanática, exaltada y extremista, con fuertes ribetes o arrebatos cainitas, tiende a convertir el mundo en un inmenso tanatorio, en un gigantesco cementerio, como se comprobará en las dos guerras mundiales (o, si se prefiere, en los dos capítulos de la Gran Guerra Mundial). Al titanismo o tantalismo moderno, antisacral y lleno de soberbia diabólica, lo mueve una pulsión mortífera, una querencia tanática, de la cual brota la llamada “cultura de la muerte”, que no hará sino desencadenar conflictos, guerras y revoluciones que van sembrando por doquier la mortandad, en condiciones a menudo atroces y extremadamente inhumanas.
Ese mundo que se ve inmerso de repente en la inmensa tragedia que va de 1914 a 1919 es un mundo que ya desde hacía tiempo había entrado en descomposición por su desviación titánica o prometeica. Es un mundo que, con su culto al dinero, al poder material, a la violencia y a la mentira, se mueve en la oscuridad avídica, siendo por ello incapaz de ver con claridad, de forma realista y objetiva las cosas. Oscuridad avídica (ligada a la avidya), consecuencia inevitable del eclipse de la Sabiduría y de la decadencia y oscurecimiento de la inteligencia, como ya antes hemos comentado. Y esa oscuridad avídica se traduce, por un lado, en violencia desmedida, furor disolvente y destructivo, y por otro, en avidez apropiadora, explotadora y dominadora; una avidez capaz de arrollarlo todo, una ambición desmedida, una avaricia sin límite que se quiere apropiar ilegítimamente, de forma artera y violenta, de cualquier cosa que encuentre en su camino.
He aquí adónde conduce la desmesura o hybris titánica. Como consecuencia de toda esa orientación (o mejor, desorientación) prometeica, samsárica, antifánica, desespiritualizada, desprincipiada, mundana e inmunda, nos encontramos con una sociedad henchida de soberbia que, por su progreso técnico y por el poderío de su industria, se considera superior a todo lo que queda atrás en el pasado y a cuanto tiene alrededor, pero que no sabe orientarse en la vida, no acierta a interpretar correctamente la realidad y, además, se deja invadir por el odio y el rencor. Una humanidad descarriada que es incapaz de darse cuenta de los inmensos destrozos que ha ocasionado y sigue ocasionando, siendo menos aún capaz de reconocerlos y corregirlos. Lo cual la lleva irremediablemente hacia la autodestrucción y hacia la destrucción del Planeta.
Son muchos los indicios y síntomas que, con anterioridad a la Guerra Mundial, apuntaban ya al mal que infectaba a la moderna Europa descreída, escéptica, prepotente, engreída y poseída por los violentos demonios de la destrucción y el caos. Eran muchas también las voces que venían advirtiendo del peligro que se cernía sobre la civilización europea y sobre todas las naciones del Continente. Y no fueron pocos los fogonazos, las advertencias y las señales de alarma que se encendieron por doquier en los años anteriores al estallido de la guerra y que deberían haberse tenido muy en cuenta, invitando a una profunda reflexión.
Aunque no tiene nada que ver con la guerra ni con las causas que la originaron, ni tampoco con la política y sus conflictivas vicisitudes, no puede dejar de mencionarse un acontecimiento luctuoso, un hecho trágico que ocurrió por aquellas fechas y que conmocionó al mundo entero. Fue un suceso tremendamente impactante que, dejando aparte las tristes circunstancias en que se produjo, encierra una gran significación simbólica, fácilmente perceptible para quien quiera ver.
En 1912, dos años antes del comienzo de la conflagración mundial, tiene lugar el hundimiento del Titánic, el gigantesco trasatlántico, orgullo de la ingeniería, la técnica y la industria modernas, al que se calificaba de “insumergible” (unsinkable) y del que se había llegado a decir “Ni el mismo Dios podrá hundirlo”. Un barco soberbio y emblemático, en el que parecen quedar plasmados el poderío y la grandiosidad de la moderna civilización occidental, mirado como buque insignia del progreso, que se hundió en su primer viaje en aguas del Atlántico tras chocar con un iceberg. Todo un presagio metafórico, alegórico o simbólico de lo que se avecinaba. Se trató de un simple accidente azaroso, pero que pudo haberse evitado con un poco más de prudencia, de mesura y de sensatez, tanto en la construcción como en la navegación (renunciando, por ejemplo, a la obsesión por llegar cuanto antes a su destino, para demostrar que era el buque más rápido del mundo).
Desde la perspectiva desde la que actualmente contemplamos los hechos y sucesos históricos, tan lúgubre acontecimiento aparece, como decimos, cargado de significado: tiene su propio mensaje simbólico, no por triste menos elocuente y que la mente despierta sabrá captar en toda su hondura. Acontecimiento simbólico por el hecho mismo del accidentado hundimiento, por la inesperada tragedia que supuso su irse a pique con miles de víctimas, así como por la imprudencia y temeridad con que el famoso trasatlántico surcaba aguas plagadas de peligros (si hubiera reducido la velocidad tras el aviso de la existencia de icebergs, tal vez no se habría producido el funesto accidente). Pero esto no es todo. Dicho gigantesco y lujoso buque, que se consideraba no podría naufragar ni hundirse jamás por la perfección técnica con que había sido construido, viene a ser también un símbolo por su descomunal tamaño, de la civilización titánica, asúrica y rajásica que, con su insaciable ambición y su propensión a las ciclópeas dimensiones, estaba abocada a la catástrofe que iba a desembocar en la peor de las guerras hasta entonces conocidas.
El titanismo hay que entenderlo aquí no sólo como una expresión de rebeldía frente a lo Divino, sino también como una hybris extrema, una actitud de radical y total desmesura, una búsqueda compulsiva de lo colosal, lo ciclópeo, lo gigantesco, lo enorme, lo materialmente grandioso y desproporcionado, lo impresionante y apabullante, lo suntuoso y fastuoso (que viene a coincidir con lo fáustico). Aquí se pone de manifiesto un rasgo típicamente rajásico, del que podemos ver ejemplos muy significativos en el mundo moderno, especialmente durante el siglo XX y en forma creciente: la gran industria (con instalaciones de tamaño espectacular), las grandes masas, los grandes capitales y consorcios, descomunales edificios y rascacielos, gigantescos supermercados y centros comerciales, grandes estadios deportivos, macroconciertos y macrofestivales que reúnen a decenas de miles de espectadores, aviones de dimensiones increíbles, grandes cargueros y petroleros, embarcaciones destinadas al transporte de viajeros y turistas (en cruceros marítimos) que semejan rascacielos flotantes, armas con enorme poder destructivo, así como inmensos imperios coloniales en los más diversos continentes. Lo grande e inmenso que anula y aplasta a lo pequeño. Lo cuantitativo y masivo elevado a la máxima potencia.
Siempre la búsqueda rajásica de “lo más”: lo más grande, lo más lujoso, lo más alto (edificios, torres, antenas, obeliscos, estatuas y monumentos), lo más impresionante, lo más vendido, lo más pesado y potente, lo más espectacular, lo más grandioso, lo de mayor capacidad y mayor tamaño, lo más brillante. La manía de los records: ir siempre a más: más cantidad, más dinero, más producción, más ventas, más consumo, más bienestar, más fama o renombre, más relaciones (o seudorelaciones), más poder, más influencia, más velocidad, más kilómetros recorridos, más tiempo (haciendo cualquier cosa, por estúpida que sea), más público, más audiencia, más impacto, más gente reunida en un sitio, más administración y más burocracia, más democracia, más votos, más libertad, más impuestos, más controles (espionaje y vigilancia), más masas enfervorizadas (mayores en número), más avances tecnológicos, más información (con más desinformación), más diversión, más ruido, más insolencia e indecencia, más escándalo y más llamar la atención, más ruptura y trasgresión (ser más rompedor), más rebeldía, más quejas y protestas, más exigencia de derechos, más originalidad (lo que significa más extravagancia, estupidez y absurdez, como ocurre en el arte), más grandes espacios, más terreno o territorio, más población, más armas, más tropas, más manipulación, más demagogia, más mentiras, más víctimas (en la guerra y el terrorismo), más de lo que sea.
Son las tendencias que iban imponiéndose en la llamada Belle Époque, finales del siglo XIX y principios del XX, antesala de la catástrofe. El tristemente célebre Titánic –construcción representativa de dicha Belle Époque, con su engañoso ambiente de paz, prosperidad y felicidad–, es una clara muestra de tal impulso rajásico, y al mismo tiempo titánico, en su búsqueda de lo imponente, descomunal, desmesurado y exorbitante. Los constructores y propietarios del gran trasatlántico se enorgullecían de su tamaño, presumiendo de poder exhibir el barco más grande que se había construido hasta entonces. La publicidad realizada por la empresa, la White Star, lo ensalzaba también como “el barco más lujoso del mundo”. Se dijo de él, no sin razón, que era “un barco de superlativos”: batía todos los records; todo en él era descomunal, lo mejor, lo más, lo más grande y lo más espectacular.
En una foto-montaje propagandística publicada con motivo de la botadura y primer viaje del Titánic, para mostrar al público hasta que punto llegaban las enormes dimensiones de dicho barco, se reproducía la silueta del mismo colocada en vertical y en paralelo junto a varios altos edificios, como algunos rascacielos neoyorquinos, una catedral gótica, una pirámide egipcia y la Basílica de San Pedro en Roma. En la ilustración se podía ver cómo el perfil del Titánic rebasaba en altura a todos esos elevados edificios. En fin, una pura y monumental representación de la mentalidad rajásica.
Rabindranath Tagore, a quien ya hemos citado con anterioridad, refiriéndose al ambiente que precedió a la guerra y las fuerzas que la desencadenaron, destaca como un elemento decisivo “las feas complejidades inseparables de las organizaciones gigantes del comercio y el estado”. Tagore hace aquí una explícita referencia a esa manía de lo gigantesco y enorme, a lo que añade el detalle de la fealdad que suele acompañar a tales construcciones, organizaciones y sistemas mastodónticos. Lo que supone una especial ceguera no sólo para la verdad sino también para la belleza; es en el fondo un desprecio y hostilidad hacia ambas. Y apuntando todavía cómo ese gigantismo propio del titanismo va ligado a la huida de la realidad y de la verdad, declara que la Guerra del 14 supuso ni más ni menos que “la tragedia de lo irreal” (the tragedy of the unreal).
El Titánic es todo un símbolo. Símbolo de la soberbia, la altanería, la vanidad, la megalomanía, la desmesura y la hybris de una civilización desaxiada, y por eso mismo desahuciada, sentenciada sin remedio ni sanación posible, condenada a un negro y funesto destino. En ese gigante de los mares podemos ver el orgulloso y clamoroso emblema de un mundo que, ciego y sordo a todas las advertencias, se labra con furor titánico su propio naufragio.
No es casualidad que el enorme trasatlántico que se hundió tras su choque con un iceberg, y cuyo trágico naufragio fue como un presagio de lo que se avecinaba en el horizonte, portara precisamente el nombre de “Titánic”. Se alzaba sobre las aguas oceánicas como la representación visible, elegida y erigida con orgullo por el alma titánica, de una civilización que corría necia y alocadamente hacia su autodestrucción, hacia su definitivo hundimiento.
Es significativo que, entre otras deficiencias, el Titánic carecía de reflectores (searchlights, phares-chercheurs en francés, “faros-rastreadores”), como sí tenían la mayoría de los barcos de la Marina británica, lo cual quiere decir que no tenía la necesaria e imprescindible luz para orientarse en la noche y por zonas peligrosas. Al no contar con los indispensables faros, sin luz que iluminara las aguas, los escasos y mal provistos vigías (sin prismáticos y otros medios técnicos indispensables) apostados en la proa y lo alto del barco no pudieron ver el gran iceberg que se aproximaba al buque de forma amenazadora. No cabe duda que la carencia de luz fue una de las causas del accidente, lo que guarda especial relación simbólica con lo que decíamos sobre la tendencia antifanárica, antiluz o antifaro, del titanismo.
El hundimiento del Titánic es el símbolo de la crisis, decadencia y hundimiento de la moderna civilización fáustica y titánica. Simboliza la ruina del inmundo dominado por el Ungeist, el Antiespíritu o Anti-Pneuma, y el fin de su sueño quimérico de una existencia próspera, risueña, libre y feliz por haberse liberado de la influencia espiritual. El Titánic parecía proclamar la victoria de Tifón sobre Zeus. Esto es, el triunfo del furor titánico y tifónico con la eclosión majestuosa de un mundo sin Dios, el mundo en el que Dios ha muerto (obsérvese la semejanza entre Zeus y Deus, pues en ambas voces se plasma la idea del Dyaus Pitar, el Padre Cielo o Padre celeste, de la antigua religión indoeuropea). Es como si los Titanes hubieran por fin conquistado el Cielo y le hubieran impuesto su propia ley o antiley.
La ingente mole del Titánic se hundió con la mayoría de su tripulación y sus viajeros en las negras y gélidas aguas del Atlántico Norte el 14 de Abril de 1912, en la negrura de la noche, sin luz que iluminara la tragedia, en medio de las tinieblas que hacían más angustioso y dramático aún el inmenso percance. El buque calificado de “insumergible” se fue a pique y se sumergió en el fondo del océano en un ambiente que reflejaba simbólicamente la frialdad, la negrura y las tinieblas del Kali-Yuga, la sombría y triste noche de los tiempos.
Todo un ambiente premonitorio de la oscuridad que se cernía sobre Europa, esa Europa que se creía invencible, inmensa, grandiosa, insumergible, el no va más, la perfección suma, lo más acabado y sublime que hubiera podido imaginarse o construirse a lo largo de la Historia. En 1912 el buque europeo, el Continente entero, con todo su inmenso poderío y armándose hasta los dientes, satisfecho de sí mismo, navegaba a toda máquina hacia la tragedia suicida que marcaría su definitiva decadencia y su ocaso histórico.
El Titánic y 1914: he aquí dos hechos, acontecimientos o momentos históricos de gran significado simbólico. Dos puntos en la Historia de la Humanidad, un nombre y una fecha, tristes, luctuosos, lamentables, cargados de sombras y notas negativas. Y en el segundo caso, la fecha de 1914 –junto a las de 1918 y 1919, que son su culminación–, tanto más triste cuanto que fue celebrada con alborozo, de forma demente e irresponsable, como una esperanzadora oportunidad y como la aurora resplandeciente de un tiempo nuevo.
Pero no nos engañemos. No dejemos que nos engañen y nublen nuestra visión los mensajes propagandísticos y las fanfarrias triunfalistas. El triste y desolador panorama que hemos descrito no ha variado demasiado en nuestros días. El ambiente espiritual de nuestra época no es muy diferente, en lo esencial y profundo, del imperante en el mundo que precedió y siguió a la Gran Guerra. Ésas son, en suma, la civilización y la sociedad en las que seguimos viviendo, las cuales siguen arrastrando los males gravísimos que han provocado en los últimos tiempos tanto sufrimiento, tantos destrozos y crueldades.
El mundo en que vivimos, orgulloso heredero de la Gran Guerra, cuyo fin se nos presenta como la victoria del Bien, de la Justicia y el Derecho, de la Libertad y la Democracia, es un mundo que sigue fascinado con su propia inanidad, con su negatividad demoníaca y autodestructiva. Los pueblos europeos y occidentales continúan presentando, como antaño, el lamentable cuadro de ciegos dirigiendo a otros ciegos del que nos hablan los Evangelios: una masa de ciegos y dementes que son dirigidos por una pseudo-élite de líderes mediocres o antilíderes que son tan ciegos y dementes como el rebaño que tan deplorablemente pastorean.
La Europa y el Occidente actuales, con su mentalidad profana, materialista, egolátrica, individualista y activista, rajásica y tamásica, titánica y prometeica, anárquica y nihilista, semejan un Titánic que navega con marcha acelerada hacia el choque con un inevitable y gigantesco iceberg que se alza desafiante en su camino. Un iceberg espeluznante que está ahí bien a la vista. Un iceberg o montaña de hielo (ice = hielo; berg = montaña) generado y construido por la misma civilización que va hacia él con velocidad suicida (breakneck speed que dicen los anglosajones). Es el iceberg forjado por el odio, la mentira, la impostura, la banalidad, la infamia, la ingeniería social y la opresión ideológica.
En la singladura del mundo europeo-occidental emerge amenazadora esa impresionante y gigantesca masa de hielo flotante, de dimensiones colosales y típicamente rajásicas, formada por el frio gélido y congelador que emana del alma glacial de la civilización moderna, y de cuya masa helada sólo resulta visible una mínima parte quedando el resto, el mayor volumen del monstruoso conglomerado de hielo, bajo la superficie de las aguas del devenir, en los oscuros fondos de la mente titánica. Todo un signo bien elocuente de la oscuridad en que se halla sumida la moderna civilización occidental, cuyos negros resortes, motivaciones y pasiones no son fácilmente visibles, sino que quedan ocultos bajo la hojarasca superficial de las bellas palabras, las pomposas declaraciones y las proclamas triunfalistas. Con su ceguera congénita, dicho continente civilizatorio europeo-occidental ni siquiera es capaz de ver tan descomunal y monstruoso macizo oceánico, construido y botado por él mismo, en botadura solemne y siniestra, que flota cual enhiesta montaña de hielo anímico y mental en el océano de la Historia, aunque oculta tan amenazante montaña helada por la oscuridad del ambiente y por las nieblas o tinieblas de la mente fáustica.
Y sorprende que ambos, Europa y Occidente, sigan imperturbables la marcha enloquecida que les llevó al suicidio de las dos guerras mundiales, sin alterar lo más mínimo su rumbo, dirigiéndose a toda máquina y con una total inconsciencia hacia el violento choque contra ese amenazador y siniestro iceberg que les espera como implacable y fúnebre destino. No han aprendido nada de los trágicos y horrendos cataclismos acaecidos a lo largo del siglo veinte. Parece incluso como si tales sucesos, al quedar sesgada y falazmente interpretados por el bombardeo propagandístico, trucados e invertidos en su significado por la miopía y ceguera ideológica, hubieran afianzado aún más a la sociedad europea y occidental en su fe asúrica, tifónica, titánica o prometeica.
7.- Causa directa del conflicto: la locura nacionalista.
La causa inmediata y directa que provoca el conflicto bélico es, sin lugar a dudas, el nacionalismo, tan extendido entre las diversas naciones europeas. Esto es, el egocentrismo o individualismo de los pueblos. Es un factor que ya ha sido estudiado ampliamente por numerosos escritores y pensadores, aunque no siempre con acierto, verdad y profundidad, por la injerencia inicua y falsaria de la deformación propagandística, la cual está la mayoría de las veces, como en caso del tema que nos ocupa, precisamente al servicio de determinados intereses nacionalistas (aunque en otras ocasiones, y especialmente en nuestros días, sea un ariete que trabaja a favor de oscuras tramas antinacionales).
El origen a todas luces constatable y más evidente de la Gran Guerra fue el choque de los múltiples nacionalismos que fueron creciendo en Europa sobre todo desde el siglo XIX, una innegable herencia de la Revolución Francesa. Lo que se percibe claramente como causante de la gran tragedia es la avidez de las diversas naciones europeas por acabar con la influencia o el poderío de otras naciones vecinas o, simplemente, la obsesión por superarlas en la carrera política, industrial y armamentística, así como por ganar posiciones de ventaja en el juego de fuerza, dominio y pujanza que se desarrollaba desde tiempo atrás en el tablero internacional.
Como puede apreciarse a simple vista, y como vamos a ver con detalle, en los inicios del silo XX todas las grandes potencias se sienten amenazadas, por unas razones o por otras. Inglaterra, Francia, Alemania y Rusia ven con temor el poderío de sus vecinos o competidores y ello les lleva a establecer alianzas para protegerse y defenderse en caso de un posible ataque proveniente de alguna de las potencias consideradas hostiles, o para sentirse más seguras ante la posibilidad de que pudiera producirse un choque armado por causas fortuitas. El miedo de cada nación a perder su poder y a quedar arrinconada será uno de los factores propiciadores del terrible conflicto mundial.
El miedo aparece así como un factor decisivo para el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial (quizá de casi todas las guerras). El miedo, el temor, incluso el pánico o el pavor, que, como inquietud, ansiedad y desasosiego ante una posible amenaza, junto a la consciencia de la propia debilidad, genera agresividad y violencia. Un miedo que, como señalara Martin Buber, es consecuencia de la desconfianza y la incomunicación entre los grupos humanos, entre las naciones en este caso. A lo que debería añadirse también el odio, sembrado por el egocentrismo nacionalista, odio muchas veces visceral, apasionado e incorregible, que se retroalimenta haciéndose cada vez más rencoroso y violento.
En los inicios del siglo XX todas las naciones viven en un estado de tensión, en un espíritu de conflicto, de defensa y ataque, y se preparan para la guerra. Las alianzas contraídas entre ellas, por un lado la Triple Entente (Francia, Gran Bretaña y Rusia) y por otro la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia), van a ser la mecha por la que correrá la llama incendiaria que hará estallar el polvorín europeo. Dichas alianzas se forjaron precisamente con la perspectiva de la guerra en el horizonte, estando enfocadas hacia un enfrentamiento con las naciones de la alianza contraria. Y serán las que provoquen la rápida extensión del conflicto armado.
Al saltar los primeros chispazos, con el magnicidio que costó la vida al heredero de la Corona austríaca, lejos de serenarse y apaciguarse los ánimos, llegando a través de negociaciones diplomáticas a un entendimiento, compromiso o solución pactada entre las naciones directamente afectadas por el grave suceso, en este caso Austria y Serbia, que evitara la conflagración, las alianzas férreamente establecidas atizarán el fuego haciendo que la hoguera se extienda con asombrosa celeridad por el continente europeo.
Unas naciones van declarando en cadena la guerra a las otras al haber sido amenazada o atacada por alguna de ellas, perteneciente a la alianza contraria, esta o aquella nación con la que tienen firmado el correspondiente pacto de amistad, protección y mutua ayuda, en virtud del cual se ven compelidas a intervenir. Como en un siniestro juego de billar, en el que una bola va haciendo que, por carambola, vayan golpeándose entre sí una tras otra el resto de las bolas que se hallan sobre el tablero, las diversas naciones europeas van chocando sucesivamente unas con otras con odio premeditado, con precisión calculada y fácilmente previsible, como si no pudieran evitarlo y se vieran condenadas a ese choque sangriento.
En un libro titulado “Nationalism” y publicado en 1917, es decir en pleno furor de la Primera Guerra Mundial, viendo claramente la responsabilidad del nacionalismo en el desencadenamiento de la guerra, Rabindranath Tagore calificaba la fiebre nacionalista en los siguientes términos: se trata de “una cruel epidemia del mal que se está extendiendo sobre el mundo humano de la era presente y está devorando su vitalidad moral”. Tagore definía al nacionalismo como “la apoteosis del egoísmo“ (the apotheosis of selfishness), “el egoísmo organizado de las naciones” (the organized selfishness of nations), “la egolatría narcisista de la Nación” (the self-love of the Nation), “la auto-adoración o el culto idolátrico de la Nación” (the cult of the self-worship of the Nation). Con el crecimiento del poder, ese poder material tan venerado por la civilización fáustica occidental, ha crecido también de forma alarmante el culto al ídolo de la nación, alerta Tagore, y “bajo la influencia de sus humos (its fumes) el pueblo en su totalidad puede llevar a cabo su programa sistemático del más virulento egoísmo (the most virulent self-seeking) sin ser mínimamente consciente de su perversión moral; de hecho, sintiéndose incluso peligrosamente ofendido y resentido si se le hace notar que está incurriendo en tal perversión”.
En unos breves párrafos escritos en lengua bengalí el último día del por aquel entonces último siglo (o sea, el siglo XIX), previendo lo que se avecinaba en el negro horizonte de la política mundial, Tagore advertía admonitoriamente con su característico y bello lenguaje poético: “El último sol del siglo se pone entre las nubes de color rojo-sangre del Occidente y el torbellino del odio. La pasión desnuda del narcisismo (self-love) de las naciones, en su ebrio delirio de codicia y voracidad, está bailando la danza que prepara el choque de los aceros y los versos aulladores de la venganza. El hambriento ego de la Nación reventará en una furia violenta que brota de la desvergonzada alimentación con la que se nutre a sí misma”.
A la hora de analizar los hechos, no debe perderse de vista ninguno de los nacionalismos en liza. Nos encontramos no sólo con el nacionalismo francés y el nacionalismo alemán, tan exaltados y tan convencidos ambos de la legitimidad de su causa. No menos decisivos en el desencadenamiento del conflicto, o en su lenta gestación, serán el nacionalismo inglés (británico, para ser más exactos), con su pretensión de hegemonía mundial y de mantenimiento e incluso ampliación de su gran Imperio colonial, y los nacionalismos eslavos, tanto el ruso como el serbio, englobados en lo que suele designarse como “paneslavismo”. Más tarde intervendrá también el nacionalismo italiano, junto con el búlgaro (que, aun siendo una nación eslava, luchará al lado de Alemania y Austria-Hungría), el rumano, el portugués y el griego. En suma, una terrible e inextinguible hoguera de nacionalismos.
Veamos cómo interviene cada uno de tales nacionalismos en el desencadenamiento, el desarrollo posterior y el desenlace final de la guerra.
Nacionalismo inglés. Inglaterra está preocupada, o más bien temerosa, irritada y alarmada, ante el avance asombroso de la economía, la industria y la técnica alemanas, base sólida del poderío político y militar de la nueva nación que ha nacido recientemente, vigorosa y pujante, en Centroeuropa. Con su característica y orgullosa prepotencia, la pérfida Albión ve cómo va creciendo la flota de guerra teutónica, cuyo poderío pone en peligro su supremacía en los mares, pues dentro de unos años será más potente que la Armada británica.
Todo el mundo es consciente, en los primeros años del siglo XX, de que la Alemania del Káiser ha superado ya con creces a una Inglaterra que se va quedando atrás. La ha superado no sólo en el campo económico, industrial, militar y armamentístico, sino también en el social, intelectual, científico y cultural. El temor ante el ascenso de Alemania se va apoderando de las élites anglosajonas. Los ingleses se sienten envidiosos y recelosos ante esa floreciente Alemania que, tras haber conseguido su unidad, con una extensión territorial y una población superior en número a las de cualquier nación europea, pide un puesto de primer orden en el tablero político del mundo. Hay que tener en cuenta que en 1914 el ejército alemán era el mejor y más poderoso del mundo.
A ello se añade un temor añadido, que preocupa seriamente a muchos dirigentes tanto ingleses como franceses, y es que en caso de un futuro desmembramiento del Imperio Austrohúngaro, cosa más que probable a la vista de la decadencia en que dicho conglomerado plurinacional se encuentra y la grave crisis que lo va minando, la parte del mismo habitada por población de etnia o nacionalidad alemana, a saber, Austria y la extensa región de Bohemia y Moravia conocida como los Sudetes, decida unirse al Imperio alemán del Káiser, con lo cual Alemania llegaría a tener unas dimensiones tan enormes, por territorio y población, que la harían incontrolable e invencible.
Todos estos motivos llevarán a determinados núcleos políticos británicos a buscar la guerra con Alemania a toda costa, y con urgencia, antes de que sea demasiado tarde, al haber aumentado tanto la potencia técnica, económica y militar de la nación teutónica que la haga invencible. Tales núcleos políticos consideran que es la supervivencia del Imperio británico lo que está en juego, encontrándose ante uno de los mayores peligros de su larga historia.
En las maquinaciones para declarar la guerra a Alemania en 1914 jugó un papel capital, como hoy día sabemos, el ínclito Winston Churchill, uno de los políticos más nefastos del siglo XX, nacionalista y belicista fanático, aunque actualmente haya sido casi divinizado por la propaganda, proclamándolo uno de los más grandes genios políticos de la Historia y elevándolo a los altares de la religión laica dominante en estos tiempos caóticos y oscuros. Nos hallamos ante un personaje caracterizado por una descomunal miopía histórica y política, que va unida a una monstruosa capacidad de odio. Un hombre con un odio irrefrenable hacia todo aquello que considere hostil o contrario a su errónea visión de las cosas, y más concretamente a su torpe, furibunda y ciega fe nacionalista. Una pulsión odiadora que no vacilará en recurrir a los más horrendos crímenes y las más brutales masacres cuando se trata de defender el poderío y la preeminencia de Inglaterra, no deteniéndose en absoluto ante la posibilidad de una guerra mundial.
Fue Churchill, entonces Lord del Almirantazgo, quien convenció a los dirigentes británicos, muy reacios en su mayoría a entrar en una guerra que podría tener efectos desastrosos para el país, de la necesidad patriótica de declarar la guerra a Alemania aprovechando la gran oportunidad histórica que se ofrecía a Inglaterra para “aplastar a su principal competidor”.
En un libro reciente, extraordinariamente documentado, titulado The darkest days. The truth behind Britain’s rush to war (“Los días más oscuros. La verdad que hay detrás del ímpetu que llevó a Gran Bretaña a la guerra”), el historiador inglés Douglas Newton ha demostrado la falsedad de la idea forjada por la propaganda, tan extendida y hoy generalmente admitida, de la entrada de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial como resultado de una supuesta decisión democrática. Newton pone de relieve que entre algunos círculos conservadores, que califica de ultra-nacionalistas, “había una considerable ansia de guerra”: se sentía en tales ambientes una profunda frustración ante el temor de que los liberales no aprovecharan la gran oportunidad que se les presentaba de acabar con el poderío alemán. Como demuestra el citado autor, el Gobierno inglés, bajo la dirección y los manejos de tres personajes clave en este asunto (Asquith, Grey y Churchill), ignoró el clamor generalizado contra la guerra que existía en el pueblo inglés, así como los esfuerzos que Alemania y el Káiser hacían para evitar que la guerra se extendiera por toda Europa. Cuatro miembros del Gabinete dimitieron precisamente como protesta por la turbia y demagógica manipulación que estaba llevando a cabo el “partido de la guerra” (war party).
Ya en 1910 Lord Balfour había declarado al embajador de los Estados Unidos, Whitelaw Reid: “Somos probablemente idiotas por no haber encontrado ningún motivo para declarar la guerra a Alemania antes de que construya demasiados barcos y nos arrebate nuestros mercados”. El diplomático norteamericano replicó que si Gran Bretaña quería competir con Alemania lo que tenía que hacer era trabajar más duro y no provocar una guerra contra una nación inocente.
Hay que tener en cuenta que, por aquellos años de los inicios del siglo XX en los Estados Unidos todavía no se había despertado el odio hacia Alemania, que sería fomentado más tarde por la propaganda antialemana y probritánica; más aún, existía una cierta amistad y simpatía hacia la nación alemana: no hay que olvidar la participación de tropas prusianas en la Guerra de independencia americana, apoyando a los insurgentes dirigidos por George Washington, y la presencia de importantes núcleos de inmigrantes alemanes en los Estados Unidos desde sus mismos orígenes (fue tan importante esta presencia tudesca, que la lengua alemana estuvo a punto de convertirse en el idioma oficial de los Estados Unidos).
El objetivo estaba bien claro: destrozar Alemania, acabar con su pujanza y poderío, convertirla en una nación de segunda categoría y, a ser posible, dividirla rompiendo su unidad. En definitiva: destruirla, aplastarla, anularla por completo como potencia. Hacer imposible su supervivencia como tal centro de poder.
Conviene recordar, remontándose más en el tiempo, que la política de Inglaterra consistió siempre, a lo largo de la Historia, en tratar de socavar el poderío de la potencia que fuera hegemónica en Europa, combatiéndola abiertamente, para que no pudiera hacer sombra a Inglaterra ni obstaculizar la expansión del imperialismo británico. Al principio fue España, con su gran Imperio ultramarino, luego sería Francia (tanto la de Luis XIV como la de Napoleón, con sus antecesores y epígonos), y por último, en el siglo XX, el enemigo a batir y destruir sería Alemania, recién incorporada al concierto de las naciones y convertida en una gran potencia tanto económica como militar, anunciándose como la potencia hegemónica indiscutible para el siglo XX.
Nacionalismo francés. Desde finales del siglo XIX, Francia se halla dominada por el resentimiento contra la nación alemana. Le mueve un insaciable deseo de revancha, pues se considera humillada por la derrota en la Guerra Franco-prusiana de 1870, con la consiguiente pérdida de Alsacia y Lorena. Por otra parte, no hay que perder de vista que la nación gala está convencida de ser la más pura y perfecta, la portadora de la civilización, la abanderada del progreso y las luces, la elegida entre las naciones europeas, y no puede tolerar verse rebajada por unos brutales advenedizos como son los alemanes.
Todos estos elementos bastarán para despertar y azuzar en la nación francesa el ferviente deseo de la guerra. El chovinismo francés se exalta hasta extremos alucinantes, proyectándose en un belicismo que resulta imposible detener o contener. Este extremismo nacionalista y belicista se concretará, como un sangriento ejemplo sumamente significativo, al que ya nos hemos referido con anterioridad, en el asesinato de Jean Jaurès, el famoso líder socialista francés, por su postura pacifista y su radical oposición a la guerra. Se le tacha de traidor a la patria, de cobarde, de amigo o simpatizante de los boches.
Francia entera, desde los sectores demócratas y progresistas a los reaccionarios y antidemocráticos, desea la guerra. Y la prepara, organiza y planifica con ahínco, con vehemencia y pasión, con entusiasmo digno de mejor causa. Está ansiosa de combatir con las armas y por todos los medios disponibles para vengar los ultrajes infligidos a la patria por los boches. Por eso cree necesario lanzarse cuanto antes a la guerra contra la Alemania bárbara y cruel que ha mancillado su honor nacional. Y está convencida de que ha llegado la hora de ir al combate decisivo y liberador que ha estado esperando, soñando y preparando durante mucho tiempo. En una historia de la Primera Guerra Mundial publicada en Francia recientemente (en 2004), leemos en el título de uno de sus capítulos: “La Francia humillada preparó la guerra durante 40 años”.
Durante todo ese espacio de tiempo hay en los más diversos medios (prensa, revistas, libros, himnos, canciones, textos destinados a la educación, etc.) una frenética exaltación del ejército francés, en el cual se confía plenamente, poniendo en él toda la esperanza nacional para la ansiada revancha. Se da formación militar a los niños y se les habitúa a llevar uniformes; se pronuncian por doquier encendidos discursos belicosos llenos de exaltación patriótica y de odio hacia los alemanes; los juegos de mesa versan sobre temas bélicos y se entonan a todas horas músicas marciales para despertar en el pueblo el instinto guerrero.
Paul Déroulède, uno de los heraldos del nacionalismo francés, proclama en tono encendido y airado: “La revancha es la ley de los vencidos; nosotros lo somos. Y la pido a Dios, terrible y sin apelación (sans recours); próxima y sin clemencia la pido a los hombres”. El escritor Maurice Barrès, otro de los grandes exponentes del nacionalismo galo, padre de familia, afirma que “la razón de vivir” de su hijo no es otra que “la Revanche” (así, con mayúscula). Charles Péguy, el pensador y poeta que caerá en las trincheras durante los primeros combates, el cantor de Santa Juana de Arco, escribía en 1905 que la guerra que se anuncia en el horizonte será no sólo inmediata, sino “inevitable” y “deseable” (souhaitable).
En un cartel de propaganda impreso a todo color, prácticamente sin texto, para festejar la declaración de guerra a Alemania, vemos en la parte superior a un soldado alemán que agarra la mano de una muchacha con traje típico alsaciano y al lado, a su derecha, escrito en gran tamaño “1870”. Se trata claramente de la representación gráfica de un rapto: la mujer, que representa la Alsacia ocupada, está siendo raptada para ser violada y germanizada. En la parte inferior de dicho cartel, como contraste, podemos ver a un soldado francés que abraza tiernamente a la misma joven, ya liberada, y en el lado izquierdo, también en grandes caracteres: “1914. Enfin!”.
Las únicas letras que pueden leerse en el pasquín en cuestión, junto a la fatídica fecha 1914, son las formadas por ese grito de alivio y gozo: Enfin, “Por fin”. Palabra cerrada por un signo de admiración que aquí expresa entusiasmo, euforia, enardecimiento, alegría cumplida tras una larga espera. El mensaje no podría estar más claro: por fin ha estallado la ansiada guerra para vengar la afrenta infligida antaño a nuestra nación por Alemania. Es un grito al mismo tiempo de alborozo y de combate.
En el plano de la política internacional, movida por su visceral anhelo de guerra, en 1894 Francia había firmado una alianza con Rusia para aislar y rodear a Alemania, mientras por otro lado, con el mismo objetivo, establecía en 1904 con Inglaterra la Entente Cordial, dejando atrás la vieja enemistad entre las dos naciones, la inglesa y la francesa, ahora más preocupadas por el auge del nuevo enemigo que surgía y se hacía cada vez más poderoso en el centro de Europa. Hay que recordar que, al mismo tiempo, Inglaterra concluía con Rusia en 1907 un pacto de mutua defensa, poniendo fin al conflicto que enfrentaba a ambas naciones en Asia (Afganistán, Irán, Turquía, etc.), con esa misma idea de estrechar el cerco sobre los dos Imperios centrales, Alemania y Austria.
Nacionalismo alemán. Alemania, que ha conseguido recientemente su unidad nacional, tras derrotar a la Francia de Napoleón III en la Guerra Franco-prusiana, desea demostrar su poderío y tener un protagonismo semejante al de otras naciones. Se siente, sin embargo, gravemente obstaculizada e impedida en su expansión mundial. Al haber logrado su unidad nacional en las postrimerías del siglo XIX, con la fundación del Segundo Reich por Bismarck, ha llegado tarde, por ejemplo, al reparto colonial de África y ha tenido que contentarse con tres o cuatro colonias en lugares muy distantes del continente africano y alguna que otra migaja en el Extremo Oriente.
La nación alemana se siente asimismo amenazada por la hostilidad de las naciones con las que tiene fronteras: Rusia por el Este y Francia por el Oeste. A lo que se añade la creciente amenaza larvada de Inglaterra. De ahí que se despierte en ella una fiebre militarista y se entregue a una carrera para mejorar su armamento y su arsenal bélico, incluido el desarrollo de su flota, con lo cual acabará poniendo en peligro el dominio de los mares que hasta entonces había detentado orgullosamente Gran Bretaña. Era inevitable que este potente crecimiento de la flota de guerra alemana despertara la hostil suspicacia de Inglaterra.
Hay que tener en cuenta, no obstante, que Alemania no tenía aspiraciones ni reclamaciones territoriales en el continente europeo. Sus aspiraciones de unir en una nación a las gentes y tierras alemanas se hallaban plenamente satisfechas. A diferencia de lo que ocurría con otras naciones europeas, como Francia, Italia y Serbia, el Imperio alemán no aspiraba a conquistar o incorporarse otros territorios de nacionalidad, raza o lengua alemana para reintegrarlos a la patria común. No había ya tales territorios, una vez recuperadas en 1871 las regiones de Alsacia y Lorena. No había, pues, afanes irredentistas ni pangermanistas en la nación alemana.
Se podría pensar únicamente en Austria, cuya población alemana constituía el núcleo dirigente el Imperio plurinacional de los Habsburgo. Pero no parece que ni el Káiser ni los dirigentes de su entorno pensaran nunca en la incorporación de tan importante entidad étnica germánica al recientemente nacido Segundo Reich, teniendo en cuenta que el Imperio Austrohúngaro era un fiel aliado de Alemania. El movimiento nacionalista alemán fundado en Austria en 1882 por Georg Ritter von Schönerer, el Deutschnationaler Verein (Unión Nacional-Alemana), que preconizaba la secesión de la parte alemana, las regiones de etnia y lengua alemanas, para separarse del resto del Imperio habsbúrgico y unirse a Alemania, no despertará el menor interés en Guillermo II y las élites del Reich alemán, aun cuando pudieran sentir cierta simpatía por dicho movimiento. Es posible que el Káiser ni siquiera llegara a conocer la existencia de tal movimiento.
Menos aún, cosa que no tendría ningún sentido, podía el núcleo dirigente del Reich alemán, la Alemania por primera vez políticamente unificada, pensar en incorporar a su nación a los numerosos grupos o comunidades de etnia alemana dispersos por toda la Europa del Este, muy estimados allí donde se habían asentado, tal vez desde hacía siglos, por su laboriosidad, su honradez y su disciplina: en los Balcanes, en Hungría, en Ucrania, en Rumanía (los sajones de Transilvania y otras regiones de la antigua Dacia), en las zonas del Báltico y en Rusia (los alemanes del Volga y del Mar Negro), llegando hasta las más apartadas regiones de Siberia.
El tan cacareado “pangermanismo” que supuestamente animaba a la Alemania del Káiser, esgrimido por la propaganda como uno de los factores desencadenantes de la guerra, era algo inexistente, un absurdo, un espantapájaros carente por completo de sentido, al igual que el archimanipulado “militarismo” prusiano, de carácter agresivo y bárbaro. Alemania era ciertamente una nación militarista, pero no más militarista que Inglaterra y Francia, países en los que se rendía al ejército un culto aparatoso, considerando a sus fuerzas armadas las garantes y protectoras de las esencias patrias. Ello resulta especialmente llamativo en Francia, donde hasta la infancia se hallaba anímicamente militarizada, recibiendo los niños instrucción militar e inculcándoseles desde la más tierna edad un espíritu militar y combativo, unido al odio a Alemania, para preparar así la futura revancha nacional.
A diferencia también de Gran Bretaña, el Reich alemán no buscaba debilitar, arruinar, hundir ni destruir a ninguna otra nación europea que pudiera representar una peligrosa competencia en el terreno político, económico o militar. Lo único a lo que sí aspiraba Alemania, como ya hemos indicado, era a aumentar su imperio colonial, un campo de acción al que llegó con demasiado retraso, cuando los demás países europeos se habían repartido la mayor parte de los territorios de Asia, África y Oceanía. En Alemania, por otra parte, no se sentía ningún rencor ni aversión hacia Gran Bretaña o hacia Francia.
Es cierto que, como nación recién nacida, pero al mismo tiempo potente y pujante, Alemania estaba ansiosa por demostrar su fuerza, su poderío y su potencia militar. Quería entrar con paso firme en la Historia. Se trata, por otra parte e indudablemente, de un pueblo con vocación militar, guerrera, como heredera directa de Prusia, aunque su ímpetu bélico se hallaba atemperado por la voluntad pacífica y pacificadora del Káiser Guillermo II, hombre idealista que sabe que su país tiene mucho más que ganar con la paz –aunque la propaganda lo haya presentado como un acérrimo y peligroso belicista– y que además es consciente del parentesco que le une con otros tronos europeos, como el inglés y el ruso.
No cabe duda, sin embargo, de que amplios círculos militares alemanes anhelaban el conflicto bélico que se avecinaba, el cual les permitiría demostrar su potencial. Pero tales círculos se hallaban contenidos y frenados por la más ecuánime y contemporizadora visión del Káiser. Da idea, con todo, de hasta qué punto se había apoderado el delirio nacionalista de la población alemana las masas que, llenas de júbilo, atestaban las calles y plazas de las principales ciudades de Alemania, al igual que ocurría en Austria-Hungría, nada más conocerse la noticia del inicio de la guerra. La misma escena que se repitió en las demás naciones que se lanzaron al conflicto (en Inglaterra, con algo más de retraso, tras la intensa campaña propagandística que cambió la primera actitud, pacifista y contraria a la guerra, del pueblo inglés).
La Alemania del Káiser cometió, ciertamente, numerosos errores por su falta no sólo de visión geopolítica, sino también de tacto y de prudencia. Así, por ejemplo, se apartó de la política marcada por Bismarck, que consideraba necesario hacer algunas concesiones a Francia que la compensaran de la derrota en la Guerra Franco-prusiana y la pérdida de Alsacia y Lorena, dejándole por ello a la nación francesa manos libres en el Norte de África y comprometiéndose por parte alemana a no intervenir en dicha zona geográfica. En 1911 la flota y el ejército alemanes se hicieron, sin embargo, presentes en las costas de Marruecos, lo que estuvo a punto de hacer saltar la chispa del conflicto bélico temido por todos y deseado por más de uno.
Quizá el mayor error de la Alemania del Káiser, un error imputable, al igual que otros muchos, a la falta de visión y el afán de protagonismo personal de Guillermo II, fue el haber abandonado su antigua amistad con Rusia –gracias a cuyo apoyo pudo conseguir precisamente Alemania la victoria sobre Francia en 1870 y el logro de su unidad nacional–, para sustituirla por una nueva y más que discutible alianza con Turquía, una potencia extraeuropea y antieuropea, ya en plena decadencia, que le aportaría muy pocos beneficios y le crearía muchos problemas.
Austria-Hungría: Caso muy diferente, aunque similar en algunos aspectos, es el del Imperio Austrohúngaro, que se siente igualmente amenazado, sobre todo por las tensiones nacionalistas que se producen en su seno, al estar formado por muy diversas nacionalidades enfrentadas entre sí, muchas de las cuales aspiran a la independencia o la secesión para unirse a alguna nación vecina con la que se sienten hermanadas por lazos de sangre y de cultura.
El organismo imperial de los Habsburgo, que se presenta como una gran potencia de la época, tiene un poder más aparente que real, pues se halla extremadamente débil y ha entrado desde hace tiempo en una irremediable fase de decadencia, teniendo sus días contados. Las tensiones nacionalistas, lejos de atenuarse, van creciendo con el paso de los años.
La mayoría de esas nacionalidades rebeldes, que rechazan la idea imperial y quieren separarse de su estructura que consideran opresora –checos, eslovacos, rumanos, italianos, bosnios, rutenos–, en la mayoría de los casos encuentran fuertes apoyos en los países limítrofes o en los enemigos de Austria-Hungría, los cuales les incitan a la insubordinación e incluso a la rebelión violenta. Al estallar el conflicto, tras el asesinato del príncipe heredero del Imperio, Austria-Hungría ve en la guerra la posibilidad de superar las tensiones y los conflictos que desgarran su ya envejecido organismo, aglutinando a los pueblos del Imperio en un movimiento de reacción frente al ataque exterior, dándoles un sentimiento de unidad y haciéndoles participar en una empresa bélica capaz de movilizar las energías y las sinergias de ese complejo conglomerado multinacional. Una esperanza ilusoria y bienintencionada que se verá por completo fallida.
Nacionalismo italiano. Italia, por su parte, que en principio estaba aliada desde 1890 a los dos Imperios centrales, Alemania y Austria, formando parte de la Triple Entente, cambiará de orientación en la nueva atmósfera política que empieza a crearse a principios del siglo XX.
Deseosa de arrebatar a Austria-Hungría regiones que considera propias, por estar habitadas por población italiana o por considerar que pertenecen a su ámbito geográfico, como Trieste, Gorizia y el Tirol del Sur –aunque esta última cuente con una mayoritaria población alemana–, acabará traicionando a sus aliados y poniéndose al lado de ingleses y franceses.
Con otros muchos países, como Rumanía o Portugal, pasará otro tanto, aunque sin haber formado parte de tales alianzas con anterioridad. Todos se mueven, entran en la guerra o cambian de alianzas, en función de sus ambiciones de expansión nacionalista. Portugal, por ejemplo, que estuvo siempre muy vinculada a Inglaterra, entrará en la guerra pensando apropiarse de algunas regiones de las colonias alemanas en África.
Nacionalismo ruso. En la Rusia zarista la fiebre nacionalista crece con fuerza, mirando sobre todo con desconfianza y hostilidad a las naciones de la Europa occidental, cuyo poderío crece a pasos agigantados, mientras Rusia va retrocediendo sin cesar, como ya se vio en su derrota en la Guerra Ruso-japonesa a principios del siglo XX, a lo que se añaden tremendos problemas internos de descontento social y de tramas revolucionarias. Los dirigentes rusos temen en especial el auge imparable de Alemania, sobre todo después de su alianza con Turquía, enemigo secular de Rusia.
No hay que olvidar, por otra parte, que Rusia se erige en protectora de las minorías eslavas y cristiano-ortodoxas de la Europa oriental, especialmente en la región balcánica, la mayoría de las cuales habían estado sometidas al poder otomano, el gran enemigo del Imperio de los zares.
La política rusa está muy influida en los comienzos del siglo XX por dos corrientes de acentuada inspiración nacionalista, coincidentes ambas en numerosos puntos, aunque con enfoques y planteamientos muy diferente en otros, corrientes en las cuales intervienen destacados intelectuales, escritores, poetas y filósofos, curiosamente muchos de ellos de formación alemana: la de los eslavófilos y la de los paneslavistas.
Más de uno de tales intelectuales, sinceros admiradores de Alemania (es el caso, por ejemplo, de Dostoievski), se sentirá decepcionado y traicionado por la ingratitud de los alemanes, al no haber apoyado a Rusia en alguno de los conflictos que tuvo con otras potencias, después del apoyo que recibieron de Rusia en los momentos históricos muy delicados y trascendentales que tuvo que afrontar Alemania en la segunda mitad del siglo XIX.
La Rusia de los zares, siguiendo el mensaje de tales círculos intelectuales y políticos, se convierte en la abanderada del paneslavismo, que venía siendo desde tiempo atrás azuzado desde Moscú, convencida la nación rusa de estar llamada a ser la Tercera Roma, la heredera de la antigua y poderosa Constantinopla (el Imperio bizantino), la gran potencia del Este de Europa, la protectora, liberadora y unificadora de todas las naciones eslavas, de religión predominantemente ortodoxa, sobre todo en los Balcanes, donde a finales del siglo XIX habían empezado a surgir y afirmarse las nuevas naciones eslavas o cristianas ortodoxas (Serbia, Bulgaria, Grecia, Rumanía, Montenegro) que habían conseguido sacudirse el yugo turco. Los nacionalistas rusos, que odian al Occidente europeo, ven amenazado su proyecto paneslavo y balcánico-ortodoxo por los Imperios centrales, y especialmente por Austria-Hungría, que tiene sometidas a diversas poblaciones eslavas y de religión cristiana oriental.
Rusia se enfrentaba a principios del siglo XX a muy serios y graves problemas de todo tipo: la creciente expansión de los movimientos revolucionarios, la miseria y abandono del pueblo, una pésima organización política y militar que se arrastraba desde tiempo atrás, etc. A todo ello se añadía ahora la decadencia y apagamiento de la autoridad del Zar, al ocupar el trono Nicolás II, un monarca tímido y débil de carácter, que no tiene el menor contacto con su pueblo y que rehúye las tareas de gobierno, recluyéndose en una residencia campesina, y que, por si todo eso fuera poco, cayó bajo la influencia de un peligroso embaucador como Rásputin, por el que sentía auténtica veneración la Emperatriz, a cuya voluntad el Zar estaba totalmente sometido.
En esta situación tan problemática, de tonalidad fuertemente pesimista, existía la esperanza de que la guerra, con la explosión de fe nacionalista que estalló con su declaración frente a Alemania y Austria, ayudaría a superar todos estos problemas. No es extraño que el Príncipe Yúsupov diera cuenta del entusiasmo que reinaba en el país al declararse la guerra, entusiasmo que iría después disminuyendo hasta desaparecer por completo.
El Príncipe Yúsupov resumía muy bien estos ideales del nacionalismo ruso cuando describía así el horizonte que se presentaba a Rusia con la perspectiva bélica y que llegó a entusiasmar al mismo Zar Nicolás II: la victoria en la guerra prometía una gloriosa expansión del Imperio, “Constantinopla quedaría bajo su dominio y todas las razas eslavas se unirían en una alianza bajo la poderosa protección de Rusia”. Por fin se haría realidad el viejo sueño del pueblo ruso de ver devuelta a la Cristiandad ortodoxa la Catedral de Santa Sofía y “se alzaría de nuevo la Cruz sobre la cúpula que durante siglos tuvo que soportar la Media Luna que fue implantada allí por la fuerza”.
Nacionalismo serbio. El factor detonante de la guerra va a ser justamente el nacionalismo eslavo, y más concretamente serbio. Serbia, la pequeña nación balcánica que luchó heroicamente contra los turcos durante siglos y que en los primeros años del siglo XX ve afianzada su independencia, está animada por un nacionalismo fanático y agresivo que aspira a la creación de la Gran Serbia (lo que más tarde será Yugoslavia, la nación de los eslavos del Sur, y que en un principio se llamará Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos).
Las organizaciones nacionalistas serbias, proclives a recurrir a técnicas terroristas, incluyendo el magnicidio y el asesinato de los dirigentes que considere hostiles a su causa, tienen como blanco de sus odios lógicamente el Imperio Austrohúngaro, que desean socavar y destruir a toda costa para liberar a las poblaciones eslavas integradas en su estructura plurinacional (croatas, bosnios, eslovenos y una minoría serbia).
Serbia sirvió de espoleta para provocar de forma violenta e irreparable a los odiados Imperios centrales y llevarles a la guerra, ocasionando su ruina definitiva. Fue el señuelo oportuno, que permitiría acabar con el poderío de esas dos potencias, tan despreciadas y odiadas como temidas por las fuerzas coaligadas del nacionalismo y el internacionalismo, Las potencias hostiles a los Imperios centrales no podían encontrar mejor señuelo para empujar a Alemania y Austria a lanzarse al campo de batalla, apareciendo así como las salvadoras justicieras que acuden en auxilio de una pequeña nación desvalida e indefensa.
Este de acudir en socorro de una pequeña nación supuestamente inocente que corre el peligro de verse engullida por una gran potencia enemiga, canallesca y agresiva, después de haber sido animada tal nación a buscar las cosquillas a esa gran potencia supuestamente amenazadora y violenta, ha sido el pretexto esgrimido por la propaganda de aquellas naciones imperialistas o belicistas que desean eliminar a un posible rival que resulta molesto o peligroso para su política, dando así un aura de nobleza, moralidad y rectitud a sus sucias maquinaciones y sus tenebrosas ambiciones. Luego, por supuesto, se olvidará o se tapará y ocultará por completo esa labor de incitar, provocar y enfurecer a la potencia convenientemente demonizada.
Como es sabido, la mano que haría estallar la chispa detonadora del conflicto sería la del nacionalismo serbio, inquieto y conspirador desde tiempo atrás. Es ya archisabido que la guerra se desencadena al asesinar Gavrilo Princip, un fanático nacionalista serbio, en connivencia con el Gobierno de Serbia y sus servicios secretos, al Archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austrohúngaro, en Sarajevo el 28 de Junio de 1914.
El nacionalismo ruso cometió la torpeza de apoyar y estimular toda esta efervescencia nacionalista en los Balcanes, zona geográfica en la cual deseaba aumentar su influencia para, entre otras cosas, poder enfrentarse con éxito al secular enemigo turco. La Rusia zarista no debió haber sido tan comprensiva, permisiva y condescendiente con la política demencial, chovinista, provocadora y beligerante de los serbios; política extremista que para nada servía a los verdaderos intereses de Rusia. Grave error, pues la desastrosa intervención rusa en la guerra, asestará un golpe mortal al ya debilitado Imperio de los zares y dará lugar a la revolución bolchevique.
En este punto, no puede dejar de constatarse el papel protagonista que desempeñaron los nacionalismos eslavos en el estallido de las dos guerras mundiales. En la Primera, fue el nacionalismo serbio, alentado y protegido no sólo por Rusia, sino también por Francia e Inglaterra. En la Segunda, será el nacionalismo polaco, convirtiéndose Polonia en la espoleta hábilmente manejada para provocar a Alemania, tras haber fallado la ficha o pieza de Checoslovaquia (o sea, el nacionalismo checo, furibundamente antialemán), que estuvo a punto de desencadenar el nuevo conflicto, bache originado al quedar el país roto y desintegrado a causa de la violenta tiranía checa, que tenía sojuzgadas al resto de las minorías nacionales (eslovacos, alemanes, húngaros, polacos y rutenos), la mayoría de ellas incorporadas a la fuerza al Estado checo.
En los años 30 los chovinistas polacos, al contar con el apoyo de Francia e Inglaterra, creían poder derrotar rápidamente a una Alemania todavía debilitada por la derrota que sufrió en la Gran Guerra y la ruina económica posterior, viendo así abierto el horizonte para apoderarse de una parte considerable de su territorio (que se añadiría al ya arrebatado en 1919). Dejando atrás, como algo nocivo y superado, el buen entendimiento entre la Alemania de Hitler y la Polonia de Pilsudsky, el gran héroe forjador de la Polonia independiente, el ardor belicista de los nuevos dirigentes polacos, “el partido de la guerra”, que se hicieron con el poder tras la retirada y la muerte de Pilsudsky, chocará en 1939 con el nacionalismo alemán, cada vez más fuerte y ocupado en la construcción y afianzamiento del Tercer Reich, provocando la Segunda Guerra Mundial. La insensata política nacionalista y antialemana de la Polonia dirigida por el “partido de la guerra”, empeñado en provocar por todos los medios a la Alemania nacionalsocialista y estimulado sobre todo por los círculos belicistas de Inglaterra, que no desean ver una Alemania todavía más engrandecida y poderosa que antes, acabaría conduciendo al estallido de la nueva hecatombe europea y mundial.
Nacionalismo yanqui. Para ofrecer una visión completa del panorama bélico que estamos estudiando, no podía dejar de destacarse el papel de otro nacionalismo importante que tendrá una intervención tardía pero decisiva en la Gran Guerra: el nacionalismo USA, el nacionalismo norteamericano.
Aquí entran en juego una serie de elementos sicológicos e ideológicos que intervienen en la formación de la mentalidad norteamericana. Ante todo, hay que tener en cuenta que los Estados Unidos están convencidos de ser una nación privilegiada, que tiene reservado un destino muy especial en la Historia (el llamado “destino manifiesto”) y a la que corresponde una misión redentora y liberadora, como nunca antes la tuviera o desempeñara nación alguna. Esta convicción se halla fuertemente asentada en determinados sectores de la sociedad yanqui, los cuales, con una visión clara y extremadamente chovinista, consideran poco menos que la Historia ha comenzado con la independencia de los Estados Unidos, sosteniendo que antes de la Revolución norteamericana en el siglo XVIII, con su sacrosanta Constitución, sus instituciones políticas y los sublimes principios proclamados por “los padres fundadores”, en el mundo no había más que tiranía, opresión y oscurantismo.
En esta línea, aunque no de una manera tan exaltada y fanática, van las ideas del Presidente Wilson, quien ve en los Estados Unidos la pura encarnación del idealismo, del bien y de la bondad. Para Woodrow Wilson, los Estados Unidos son los abanderados en la defensa del Derecho, la Libertad y la Justicia en todo el orbe. ¿Qué sería del mundo sin los Estados Unidos? El presidente que llevó a los Estados Unidos a la guerra afirmará de forma tajante y sin el menor titubeo: “América es la única nación idealista del mundo” (America is the only idealistic nation in the world). Obsérvese bien: no la más idealista, o una de las más puramente idealistas, sino la única poseedora de tan excelsa cualidad (the only). A lo que se añade esa abusiva identificación de América con los Estados Unidos, ya habitual en la política yanqui.
He aquí una típica afirmación de un convencido nacionalista, una aseveración teñida de infundado y absurdo prejuicio patriotero. No podría darse una proclama más irritantemente particularista y egocéntrica. Semejante dislate demuestra un total desconocimiento de la realidad. El ingenuo e idealista presidente americano seguramente ignoraba que muchos alemanes, incluso eximios pensadores –es decir, el despreciado y odiado enemigo–, pensaban de forma muy parecida, si no idéntica, con respecto a su propio país: estaban convencidos de ser una nación altamente idealista, generosa y de excelsa nobleza. No en vano fue en la gran nación centroeuropea donde nació el Idealismo alemán, corriente intelectual, filosófica y poética de tremendo impacto en todo Occidente, incluidos los Estados Unidos.
Esta era, ni más ni menos, la firme creencia de los núcleos intelectuales y políticos que convencieron al Presidente Wilson de la necesidad de ir a la guerra. Con la declaración de guerra contra los tiránicos Imperios centrales de Europa, los Estados Unidos –“América” según su terminología oficial– cumplían la misión liberadora que el Destino había señalado al nuevo Imperio democrático-republicano y oceánico. Para tales élites dirigentes, los Estados Unidos encarnan el bien, mientras que sus enemigos son la viva representación del mal, que hay que derrotar y extirpar de manera radical y por completo. La guerra contra ellos está plenamente justificada. Y esta será la idea que difundirá e impondrá la propaganda.
Este nacionalismo yanqui, tan supuestamente liberador, desemboca, como no podía menos de ser, en un imperialismo que se va afirmando durante el siglo XIX. En fases sucesivas, que se van cumpliendo de forma implacable, vemos cómo Estados Unidos va ampliando su territorio y conquistando otras tierras incluso lejanas, tratando así de afianzar su poderío y construir su propio imperio colonial, al estilo de las potencias europeas: arrebatar a México amplias zonas de su territorio; declarar la guerra a España en 1898 para apoderarse finalmente de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y otros pequeños territorios en el Pacífico (Guam, las Marquesas, etc.) que constituían los restos del antiguo Imperio español; crear una nueva nación en Centroamérica, Panamá, desgajando su territorio de Colombia y apoderándose de él, para controlar el Canal de Panamá por su gran valor económico y estratégico; apoderarse de Hawái, destronando a su reina, sometiendo a los aborígenes y estableciendo allí a sus colonos. Y esto, para no hablar de las guerras contra los indios americanos, los Pieles Rojas de las praderas, cruelmente masacrados, encerrados en míseras reservas y en muchos casos exterminados para apoderarse de sus tierras.
En muchos de estos casos, esa expansión y esas conquistas se hicieron enarbolando la noble motivación de luchar por el avance de la civilización, por el bien, la prosperidad, la felicidad y la libertad de los pueblos que habitaban las regiones conquistadas. Así ocurrió en el caso de la guerra con España, la cual se declaró y se llevó a cabo con el pretexto de liberar del cruel yugo español a las sufridas poblaciones sometidas, tanto cubana como puertorriqueña y filipina. Aunque luego, sobre todo esta última, la nación filipina, sufriría una brutal represión, que bien puede calificarse de criminal y genocida, para intentar borrar cualquier rastro de la herencia española.
Los Estados Unidos fueron así, poco a poco, construyendo un imperio colonial de considerables dimensiones, haciendo también todo lo posible por debilitar, corromper y dividir a las naciones de tronco hispánico, tanto de Centroamérica como de Sudamérica, para así tenerlas, si no totalmente sojuzgadas, al menos controladas y ligeramente colonizadas. Siempre siguiendo el programa marcado por el Presidente Monroe en 1823: “América para los americanos” (America for the Americans). ¿Se sobreentiende que tales “americanos” son los norteamericanos o yanquis, o sea, los habitantes y ciudadanos de los Estados Unidos?
No hay que perder nunca de vista que en las primeras décadas del siglo XX los Estados Unidos, esa nación que enarbolaba la bandera del idealismo liberador y del humanismo compasivo y redentor, era un país bárbaro, que acababa de salir hacía unos años de las guerras de exterminio contra los pieles rojas, y en el cual todavía en esos años, y siguió pasando muchos años después de la guerra, se celebraban con frecuencia fiestas locales con macabras exposiciones de odio racista, en las cuales eran exhibidas entre el jolgorio general fotos de linchamientos de negros, algunos de ellos quemados vivos y otros ahorcados.
Nacionalismos judío y árabe. Dos últimos nacionalismos que hay que mencionar, y que suelen olvidarse, son el nacionalismo hebreo o, para decirlo más exactamente, el nacionalismo sionista, y el nacionalismo árabe. Ambos jugarán un papel secundario y tardío, pero de cierta relevancia en el desarrollo de los acontecimientos, con sus repercusiones futuras en el período postbélico.
La población judía de las naciones implicadas en la guerra adopta en general una actitud de apoyo a la nación en la que vive y de la cual los judíos son ciudadanos de pleno de derecho (con la excepción quizá de Rusia). La minoría judía se adhiere, incluso con entusiasmo, a la causa nacional, apoyando el esfuerzo bélico de su patria. Es lo que ocurre, por ejemplo, en Alemania, la nación quizá con mayor presencia cualitativa del elemento hebraico, el cual tiene un gran protagonismo en su vida política, económica, social y cultural. Aunque hay también algunos sectores del pueblo judío que se orientan hacia el espectro revolucionario y antinacional, militando en los partidos socialistas o comunistas.
Pero, al margen de estos núcleos hebreos integrados en las naciones que los han acogido y con cuya causa se identifican, hay en aquellos años del estallido de la guerra una parte de la población judía que se orienta hacia otros cauces: ha abrazado la causa nacionalista de su propio pueblo y sueña con crear su propio Estado nacional judío. Son los integrantes del movimiento sionista, creado a finales del siglo XIX por Theodor Herzl, que va adquiriendo fuerza en las diversas naciones del Viejo Continente, especialmente en Centroeuropa, y que ve en la guerra la oportunidad de conseguir el soñado Estado judío y recuperar la patria perdida siglos atrás.
El Sionismo es un nacionalismo un tanto peculiar, pues es el heraldo y abanderado de la aspiración nacionalista de un pueblo, el pueblo judío, que no tenía Estado propio ni tierra o patria en la que asentar su comunidad política. Se trata –o mejor, se trataba, en la época a la que nos estamos refiriendo, principios del siglo XX– de un grupo étnico definido por sólidos y milenarios vínculos de sangre, con sólidas señas de identidad, portador de una larga tradición sagrada que es la que le ha dado forma como tal raza o grupo étnico, pero que perdió su patria al ser expulsado de ella y verse condenado a la Diáspora tras el conflicto violento con el Imperio romano. Es un pueblo o tronco racial-religioso sin Estado-nación, pero que quiere construirlo, y que está decidido a hacer realidad ese anhelado ideal. La Gran Guerra, que hará cambiar tantas cosas, se presenta como el momento histórico y la gran oportunidad para conseguir realizar dicho anhelo, al estar en juego la suerte de la Tierra Santa, en poder del Imperio turco, y al ser posible contar con el apoyo de algunas de las naciones beligerantes que ven con simpatía el proyecto sionista, entre ellas Alemania, con el Káiser a la cabeza, apoyando personalmente los planes de Herzl.
El Sionismo juega un papel de segundo nivel en la Guerra Mundial, pero que no puede ignorarse, como tampoco puede ignorarse el papel de la minoría judía no sionista en algunas decisiones que tomen las potencias beligerantes. No hay que olvidar la intervención de la “Legión judía”, que lucha en Oriente Próximo con la intención de preparar el camino para recuperar las tierras de los antepasados y crear lo que será el futuro Estado de Israel, buscando sobre todo la conquista de Jerusalén.
Especial importancia reviste, en este contexto, la famosa Balfour Declaration (2 de Noviembre de 1917), por la cual Gran Bretaña se comprometía a hacer todos los esfuerzos necesarios para facilitar y hacer posible el establecimiento de “un hogar nacional para el pueblo judío” (a national home for the Jewish people) en Palestina una vez terminada la guerra y habiendo quedado vencido el enemigo turco.
Convencidos los dirigentes ingleses de que sería sumamente difícil derrotar a Alemania con sus propias fuerzas (y la de sus aliados europeos), concluyeron que para lograr la victoria era indispensable la intervención en el conflicto de una gran potencia amiga pero todavía neutral, como los Estados Unidos. A tal efecto, el Gobierno británico se puso en contacto con los líderes sionistas y las organizaciones judías de Norteamérica para que, dado el considerable poder y la enorme influencia de los judíos en la política, la economía y la vida social norteamericana, presionaran a los políticos y a la opinión pública del gran país amigo en el sentido deseado y lograran así finalmente la intervención americana en la guerra. Como prueba de su compromiso si tal acción se llevaba a cabo, el político británico Arthur James Balfour firmó en nombre de la Gran Bretaña la declaración que lleva su nombre.
Por lo que se refiere al nacionalismo árabe, que empieza a despertarse en los primeros años del siglo XX, pretendiendo liberarse del sometimiento al Imperio turco, jugará un papel decisivo en la lucha contra Turquía en todo el Próximo Oriente, siendo apoyado por Inglaterra, que utilizará hábilmente las dotes de liderazgo del célebre Lawrence de Arabia para organizar con la mayor efectividad las huestes de las diversas tribus árabes. Aunque una vez lograda la victoria, los árabes se sentirán traicionados por las potencias vencedoras, que no les permiten alcanzar la tan ansiada independencia y los integran en sus imperios coloniales. Y además parecen proclives a entregar Palestina a los judíos.
En Asia habría que mencionar, por último, la irrupción del nacionalismo japonés, que despertó con fuertes inclinaciones expansionistas a finales del siglo XIX tras la Revolución Meiji y que jugará un papel relevante en los combates del Extremo Oriente. Aunque los dirigentes del Japón quedarán después muy descontentos, al concluir la contienda y establecerse las condiciones de la paz, con el consiguiente reparto de territorios y zonas de influencia. Lo cual motivará cambios decisivos en las alianzas futuras del Imperio del Sol Naciente, al igual que ocurrirá con Italia.
[NOTA: En la próxima y última entrega trataremos de descifrar, desde una perspectiva metahistórica y metapolítica, el impulso oscuro y secreto que está en el fondo de la gran tragedia que fue la Guerra Mundial y que siguió presente en sus consecuencias llegando hasta la actualidad.]