El vuelo de las hadas
Ayer ha sido para mí una jornada memorable, gracias a todos vosotros, quienes asististeis a la reunión de cada sábado. Reflexionando luego, me di cuenta de que nuestro encuentro fue la comprobación práctica de lo que yo expuse de forma teórica. La presencia de las hadas y los hados se hizo patente, con toda su influencia hadadora, esto es, iluminante, ilusionante y benefactora.
Me he visto y sentido rodeado por muchas estrellas, hadas y hados, que me iban alumbrando con su luz, rebosante de verdad, bondad y belleza. A través de todas esas estrellas que relucían con resplandor personal uno se sentía acompañado, arropado y reconfortado, como si a través ellas viniera la Voz del Sino, el mensaje del Alto Hado, enviando su fuerza inspiradora. He experimentado en esas horas la caricia y el hechizo de las hadas, así como el toque de su prodigiosa y milagrosa varita mágica.
Las hadas o fadas son las enviadas y emisarias del Hado, del Alto y Sublime Fado. Son las mensajeras del Cielo, portadoras o trasmisoras de la Gracia: geniecillas aladas, magas, gracias, ángeles, ángelas y angelinas, ninfas, sílfides, náyades, nereidas, valkirias, yakshas benefactoras, fravashis liberadoras, dakinis atizadoras del buen deseo, seres femeninos que aparecen para dar aliento y ayuda a quien lo necesite, para auxiliar a todos aquellos que caminan o navegan por las tierras o los mares de la existencia.
Se nos aparecen como fadas o fatas conductoras de la buena y positiva fatalidad. Fautoras o autoras colaboradoras del Fato (Fat en catalán, Fate en inglés), que favorecen a quien está bajo su protección. No son “mujeres fatales”, en el sentido peyorativo que cobra esta expresión en el lenguaje coloquial, mujeres que llevan a la perdición a los hombres (como las sirenas del mito, que tratan de hacer naufragar al navegante con sus embrujos y sus engañosos y seductores cantos), sino mujeres hadales o hádicas (lo contrario de sádicas, como son las míticas y funestas sirenas), y también mujeres adalides: mujeres que lideran, salvan y elevan; mujeres que seducen en sentido sublime, catártico y purificador.
Mujeres fanales, en vez de fatales, esto es, mujeres-faro o mujeres-antorcha, porque irradian y derraman luz, como resplandecientes lámparas o pequeños faroles que iluminan el caminar orientando al caminante o navegante. Doncellas puras que se afanan en todo lo bueno, noble y saludable: fatales tan sólo en la medida en que conducen positiva y favorablemente, dándole hondo sentido, la fatalidad dictada por el Hado o Sino.
Las hadas son la antítesis de las brujas, las nigromantes o hechiceras negras, las harpías, las malignas sirenas, las furias, las basiliscas y dragonas, las víboras con semblante humano, las fieras corrupias que tanto abundan en las modernas junglas de asfalto. Seres malignos que desgastan, desvían y corroen las energías de los seres humanos y hacen todo lo posible por degradarlos y envilecerlos.
Son donas, doñas o ágiles señoras (dones en catalán, donne en italiano), bellas mujeres cargadas de poder mágico, que son un don de lo Alto, que nos vienen de forma graciosa y gratuita. Son seres de luz, fuerzas encantadoras, chispas de fuego celestial, llenas de amor y sabiduría, que despiertan y potencian la ilusión, que iluminan nuestro cielo personal. Aportan inspiración, orientación, bendición, consuelo, alivio, paz (Irene en griego), cuidado, compasión, alegría, gozo, apoyo y a menudo también cura y sanación. Curan las heridas que el caminante (o la caminante) haya sufrido en su lucha y en su asendereado recorrido.
Aparecen de repente, cuando menos lo esperamos, prestas a socorrernos. Acuden en ayuda del Héroe o la Heroína que recorre el camino de su misión, que avanza y lucha para cumplir su destino atendiendo al mandato del Hado. Descienden de la Alto con su varita mágica para resolver o deshacer los obstáculos que el caminante encuentre en su camino, así como para repeler las asechanzas de las fuerzas del mal y de las tinieblas. Son siempre portadoras de una energía felicitaría, plenificante, renovadora y restauradora.
Podemos ver en ellas las ocasiones, sucesos, cosas y personas que aparecen e intervienen en nuestra vida, de forma a veces casi imperceptible y aparentemente casual o azarosa, sin que nos demos cuenta ni sepamos verlo o valorarlo, para darnos una ayuda o un auxilio en nuestro caminar terreno.
Y todo esto vale también para los hados o fados: dones o donos (como pudieran ser Don Coraje, Don Auxilio, Don Amor, Don Cariño, Don Apoyo, Don Ánimo o Don Aplauso), seres donosos, sujetos misteriosos cargados de gracia y donaire (con aire de don y dádiva: de ahí la palabra don-aire; aire que se da para animar las grandes empresas), donantes o donadores, pequeños ángeles custodios, gnomos alados, elfos o duendes que acompañan y ayudan, kamis iluminadores del camino (los kamis del Shinto japonés), amigos joviales y risueños, luceros que lucen en lo alto (compañeros de las estrellas que guían a lo largo de la senda vital y fieles servidores de nuestra Estrella personal, misional y vocacional).
Tanto las hadas como los hados se presentan rodeados por un halo que los distingue, incluso desde lejos. No resulta casualidad la semejanza entre las palabras “hado” y “halo”. Se trata de una aureola, un disco o círculo luminoso que emite un resplandor especial, en el cual se manifiesta su naturaleza sabia y amorosa.
Les acompaña también un hálito entrañable, un dulce efluvio que va unido a ese halo o nimbo resplandeciente tan suyo. Es una brisa acariciadora, un “soplo suave y apacible del aire” que actúa como aliento vivificante. Viene a ser como un halo vaporoso, de aire perfumado que alegra y reconforta, un aura áurica que da ánimo sólo con sentirla, intuirla o respirarla. Rasgo muy propio de seres de naturaleza aérea, etérea, inmaterial, que vuelan en el aire y los cielos sutiles de nuestra realidad ordinaria y sobrevuelan con ligereza, cuidadosa y alegremente, por encima de los acontecimientos.
Las hadas, precisamente por ser seres alados, nos dan alas. Curiosa similitud y homofonía entre las voces “hada” y “ala”, así como entre “hadado” y “alado”. Gracias a la influencia de las hadas protectoras brotan y crecen en nosotros las alas que nos permitirán, no sólo elevarnos por encima de las miserias y contingencias terrenas, sino también ir ascendiendo hasta la Estrella de nuestro destino trascendente, hacia la meta que nos llama desde lo alto.
Las hadas opondrán su influencia benéfica a todos aquellos intentos, conscientes o inconscientes, que muchas veces nos vienen de fuera pero otras veces brotan de dentro, de las simas oscuras del alma, que pretenden cortarnos las alas. Aquellas influencias, incitaciones o tentaciones que quieren impedirnos volar, soñar, ponernos convicciones firmes y altos ideales, elevarnos hacia más altos horizontes.
Gracias a esas alas hadadas, dadas o estimuladas por las hadas, que nos convierten también a nosotros en seres alados. Y por estar hadados y alados no nos quedaremos helados ante muchas cosas que vemos, como antes nos ocurría en tantas ocasiones. Helados y ateridos, atónitos y aterrados, alicaídos y deprimidos, sí quedarán a menudo quienes no se preocupan de cultivar sus alas, quienes no atienden a la llamada y auxilio de las hadas. Y no hay que olvidar que, como apuntara Bert Hellinger, esas alas que permiten elevarse en la vida dependen de las raíces con las cuales penetramos y arraigamos en la realidad, en la tierra de nuestra herencia, nuestra familia y nuestros antepasados, y sobre todo en nuestra herencia espiritual: sin raíces no hay alas; cuantas más firmes raíces, más potentes y vigorosas alas.
Hay que decir, por cierto, unas palabras sobre la “varita mágica” que es el principal atributo de las hadas, su arma o instrumento creador de prodigios, y que suele ser representada como un pequeño eje o cetro dorado en cuyo extremo reluce una radiante estrella. Una figura o imagen que cautivó a Karl von Eckartshausen, el gran sabio de la época de la Ilustración. El mismo Eckartshausen nos animaba a encontrar en nuestro interior esa “varita mágica” (der Zauberstab) con la cual podremos reencantar y resacralizar el Mundo, volver a hechizarlo y devolverle su encanto.
Tengo que añadir, por último, algo que se me olvidó comentar. El Sino ha tenido generalmente muy mala prensa. Se lo ha visto casi siempre como una potencia inexorable, opresiva, que aplasta al ser humano, contra el que nada podemos hacer. Pero no se trata de algo que haya que sufrir o contra lo cual haya que ir de un modo u otro. Es una realidad que, con su fatalidad, su inexorabilidad, está a nuestro favor.
Dios es el seno del Sino, el sen del Sino (el Sen como sinónimo de “sentido” o como poder creador y dador de Sentido: Sinn en alemán, Seny en catalán). El Sin está henchido de sentido si lo contemplamos con los ojos de la Sabiduría. El Sino es el Signo de Dios. Viene de Dios y nos lleva a Dios. En el Sino resuena y brilla el Sen del Ser. y por eso mismo hay en él una fuerza que todo lo vence. El Sino parece decirnos, como a Constantino antes de la batalla del Puente Milvio: In hoc Signo vinces (“Bajo este Signo vencerás”). Este es tu sino: luchar incansablemente bajo su protección y guía.
Los hechos que nos presenta el Hado o el Sino están cargados de fuerza destínica. Una potencia fatal, hadal o destinal que viene de Arriba, de la Providencia divina, y que nos abre camino hacia el futuro, impulsándonos hacia grandes metas. No la podemos crear a nuestro antojo –esta fuerza destínica o destinal, forjadora de destino–, pero sí la podemos propiciar, recoger y aprovechar, abriéndonos a ella. En medio a veces del pesar, del sufrimiento, del caos y desconcierto generales, esos hechos a menudo imprevistos, inesperados o sorpresivos, quizá angustiosos o desazonadores, con los que nos encontramos, abren ante nosotros un destino de grandeza, un horizonte vital, tanto personal como colectivo, de creatividad, de felicidad, de prosperidad, de libertad, de paz y unidad, de bienestar y bienser.
Nuestra casa se llenó ayer prodigiosamente de luces y de resplandores. Había muchas heridas que parecieron ir sanando, al menos de momento, esos momentos tan preciosos que nos regala la vida. Vi revivir y reanimarse a María Antonia, que estaba últimamente muy apagada. Participó en la reunión en vez de ir a descansar y dormir, como suele hacer a estas horas. Y siguió las intervenciones con interés, incluso con ilusión y entusiasmo. Le gustó mucho y disfrutó como una niña en un cuento de hadas. Realmente un pequeño milagro.
Como decía el hada madrina Marta, hemos hecho un trabajo fino. Y ello gracias a las finas hadas y los finos hados que nos han regalado con su presencia y protección. Fue una jornada realmente bienhadada.
Gracias a todos por vuestra participación siempre lúcida, vuestro cariño y vuestro apoyo. Que Dios os bendiga.
Antonio
NOTA: Este texto fue escrito y enviado el día siguiente al de la charla y reunión sobre “Misión, vocación y destino”, como agradecimiento a los asistentes a dicha reunión, que consiguieron crear un acogedor y cálido ambiente en el que las ideas fluían de manera ágil, cristalina e iluminadora. Para mejor entender el texto, conviene señalar que la palabra “hada” es el femenino de “Hado”, el Sino o Destino, algo así como si al decir “las hadas” pudiéramos usar también las expresiones “las sinas” o “las destinas”.